sábado, 8 de diciembre de 2007

"El futuro de la región se juega en Venezuela"


a Enrique Krauze

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Los resultados del proceso comicial obtenidos el domingo pasado constituyen un sólido respaldo a la esperanza de lograr una proeza de trascendencia histórica: resolver esta grave crisis existencial – posiblemente la más grave sufrida en nuestros 200 años de vida republicana – de manera pacífica, consensuada, incluso electoral. Algo que hasta ese histórico y ya emblemático 2 de diciembre se lo creían poquísimos venezolanos. Y muy pocos observadores de este, nuestro doloroso y apasionante proceso socio-político.

Sabe el mundo de la tragedia que supuso para el pueblo chileno, para los países del Cono Sur y para América Latina el modo encontrado por sus sociedades para resolver hace tres décadas una crisis semejante y tan grave como la nuestra: mediante terribles, injustos y devastadores golpe de Estado. La sociedad venezolana, en cambio, tras nueve años de arduos y a veces sangrientos forcejeos, comienza a encontrar una salida a su intrincado laberinto. Permitiendo que surjan, de su propio seno, las fuerzas capaces de impedir la tragedia de una guerra civil o de una resolución castrense al profundo quebranto que sufrimos, y conducirnos hacia el futuro recomponiendo el tejido social, reeducando a vastos sectores hasta hoy seducidos con la prédica mesiánica, autoritaria y desquiciadora de la violencia y el enfrentamiento, adelantado con sus propuestas, sus valores, su lucidez y sus principios un futuro que todos los venezolanos - y con nosotros seguramente todos los pueblos de nuestra sufrida región - anhelamos desde lo más profundo de nuestros corazones. Avanzar hacia la modernidad, la prosperidad y la justicia social reubicando a nuestros países en el concierto de las naciones más desarrolladas del planeta. Una aspiración que, desde este 2 de diciembre, no luce en absoluto descabellada. Su efecto sobre el continente aún no se anuncia del todo. Pronto será una importante realidad.

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La gran interrogante con que enfrentamos hace una década la aparición de este extravagante fenómeno socio-político representado por la figura del teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías y el aluvional y apasionado movimiento de masas que pusiera en acción se reducía a una pregunta entonces sin respuesta: ¿constituía el chavismo el fin y entierro de todo un período histórico o era el parto de la Venezuela del futuro? Tras estos nueve años la respuesta es incontrovertible: el gobierno del teniente coronel ha supuesto la exacerbación no sólo de las peores taras de las vividas y puestas en práctica durante los cuarenta años de democracia, sino de nuestra historia republicana toda. Lastrada desde sus orígenes por la autocracia, el caudillismo y el militarismo. A las que Hugo Chávez ha agregado su delirante demagogia, su desaforada estatolatría clientelar y la pérdida de todos nuestros valores republicanos.

Hoy, tras nueve años de pesadilla, Venezuela, América Latina y el mundo entero comienzan a tomar conciencia de que el chavismo constituye el hundimiento estrepitoso no sólo de una forma específica de gobierno - el caudillismo militarista y autocrático propio de nuestra peor tradición republicana - sino de todo un proyecto histórico fracasado doquiera se trató de implementar. Que solo sobrevive bajo las más penosas y trágicas circunstancias en Corea del Norte y en Cuba. Que todavía ilusiona a las masas material y espiritualmente menesterosas de nuestras sociedades más retrasadas y que parecía tener el poder material y propagandístico del petróleo y de un predicador inescrupuloso y delirante como para torcer el destino de todo un continente, empujándolo al abismo de sus peores tragedias.

Luego de este 2 de diciembre, nace una nueva percepción. La de que Venezuela se acerca a la alborada de un nuevo tiempo. Y que su surgimiento tendrá efectos trascendentales para todos los países de la región. Pareciera que después de este acontecimiento de tanta envergadura, nada será como antes.

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No parece exagerado afirmar que el futuro de la región, como hace doscientos años, se juega en Venezuela. Sintetizado en dos afirmaciones: se entierra por ahora, y esperemos que para siempre, el delirio mesiánico del militarismo republicano enmascarado de socialismo revolucionario. Cuya más fehaciente prueba de trágico fracaso nos lo enseña la Cuba castrista. Nace una nueva época de libertades democráticas y una nueva conciencia histórica, verdaderamente revolucionaria: la de la república liberal democrática. Acompañada de una nueva concepción del papel del Estado y del individuo en la organización social, de los partidos políticos y las organizaciones de la sociedad civil y de la cultura dominante y las responsabilidades individuales y colectivas.

Estamos ante una auténtica y verdadera revolución. La necesaria en tiempos de globalización en un continente que se resiste de manera encarnizada a dar el salto a la modernidad. En todos los órdenes de la vida: desde la educación y la cultura, hasta la productividad y el trabajo. Una revolución que enfrenta los males endémicos de nuestra pobreza y nuestro subdesarrollo crónicos dando un giro de 180º en la forma y manera de enfrentarlos: desde el populismo estatólatra, demagógico y autoritario que nos ha surtido las coartadas para eludir el enfrentamiento con la verdad de nuestras carencias, hacia el liberalismo democrático, popular y progresista, única manera de enfrentarlos exitosamente. Alternativas que no pueden ni deben ser confundidas con antinomias ideológicas fracasadas. El liberalismo social y democrático bien puede ser asumido, dirigido y administrado por la izquierda progresista, como en la España de Rodríguez Zapatero o en el Chile de Michelle Bachelet. O por la derecha popular y progresista, como en la misma España bajo el PP de José María Aznar, en la Francia de Nicolas Sarkozy o en el México de Vicente Foz y Rafael Calderón.

Pues el problema crucial, que la falacia y la fatal arrogancia del socialismo de proveniencia marxista insiste en desconocer, no radica en dividir para imperar – la vieja máscara del poder de los dictadores – y apropiarse del Estado y de la productividad de los ciudadanos para alimentar a los parásitos de la nomenklatura, origen de las peores y más aterradoras corruptelas, sino en liberar las fuerzas creadoras y productivas de los individuos, entregándoles las llaves del control social, político, económico y cultural de sus sociedades para que asuman su destino y concierten la suma creadora de sus impulsos y anhelos.

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Ese es el desafío a que nos enfrentamos. Ese es el reto que la historia nos plantea. Resulta obvio y es preciso afirmarlo una vez más, que la resolución de tan importante disyuntiva existencial no puede ser satisfecha por los viejos liderazgos y las viejas élites. Por mejor intencionadas y democráticas que puedan ser. Como es nuestro caso. Sólo puede ser asumida y llevada adelante con éxito por un nuevo liderazgo histórico, libre de los viejos prejuicios ideológicos, las mañas de un populismo clientelar, los vicios de un centralismo arrogante y estrangulador y las taras de organizaciones políticas envenenadas por formas leninistas y autoritarias de control institucional.

El estatismo centralizador, populista y clientelar constituye sin duda el gran mal de nuestro último siglo. El ogro filantrópico, de que nos hablara Octavio Paz. Que hincara sus garras en un continente abrumado por el militarismo autocrático con que naciera a la vida independiente. Y renaciera cíclicamente, disfrazado de falsas ideologías, como fuera el trágico caso de la Cuba castrista, responsable de la aniquilación de generaciones y generaciones de latinoamericanos durante el último medio siglo. Sacrificadas en aras de la imperial ambición de un poseso, que hoy, para fortuna del futuro, ya agoniza. Responsable, en último término, de la bufa y farsesca revolución bolivariana que hoy naufraga ante nuestros ojos. Y que este domingo 2 de diciembre recibiera un golpe posiblemente mortal para su principal mentor y beneficiario.

De allí la trascendencia de nuestra lucha por el restablecimiento de la democracia plena en Venezuela. Sólo posible y necesaria, si va acompañada por el esfuerzo conductor de las nuevas generaciones por crear una nueva república: moderna, progresista, justa y solidaria. Pero sobre todo: liberada de las cadenas opresoras del estatismo centralizador.

Vencer al ogro filantrópico y a los bufones circenses que medran a su sombra – uniformados, incultos e inescrupulosos los peores de ellos – será la única garantía que puede asegurar nuestro futuro, el de nuestros hijos y nuestros nietos. Ese futuro ya se asoma en Venezuela. De su propio seno y respaldados por nuestras mejores tradiciones académicas, políticas, religiosas y culturales están surgiendo las nuevas fuerzas y los nuevos liderazgos capaces de enfrentar el desafío y llevar a la Patria a buen puerto. Quienes condujeron esta hermosa jornada electoral – jóvenes que bien podrían ser nuestros hijos y nietos – son los grandes políticos de mañana. Anhelan convertirse en Políticos con P mayúscula. Ya reivindican la Política con P mayúscula. Para construir una Patria con P mayúscula.

No debemos descansar sobre estos frágiles laureles. Debemos darles el testigo y apoyarlos hasta con nuestra última gota de sangre. La lucha recién comienza. Ellos serán los responsables del mañana.

Antonio Sanchez García


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