domingo, 14 de diciembre de 2008

Chávez ha perdido el control de sus actos, de sus palabras y de sus gestos. Suda, grita, suplica.


La “cruzada” emprendida por Chávez en plena época navideña con el fin de alcanzar la cada vez más inasible enmienda constitucional que le permita ser presidente vitalicio como su amado Fidel lo ha sido en Cuba (a punta de crímenes, represión y reformas constitucionales), amenaza con tener un final tan catastrófico como el de aquellas expediciones militares realizadas en la Edad Media con el propósito de rescatar los “Santos Lugares” de las manos de herejes e infieles.

Chávez pretende impedir que el santo lugar de Miraflores en cuatro años caiga en las heréticas manos de los “golpistas” que ya tomaron posesión de la Alcaldía Metropolitana, de la gobernación de Miranda y de municipios que, como el de Sucre, están llenos de pobres que él suponía carne de cañón para imponer el régimen cubano en Venezuela.

Ya es lugar común decir que Chávez no nos ha dado tregua entre la agotadora tarea de las elecciones regionales con la de convocar un Referéndum para enmendar la Constitución y así poder ser reelegido presidente vitalicio.

Está urgido porque las noticias del imperio sobre la profunda crisis mundial y la caída vertical de los precios del petróleo están convirtiendo su otrora poderosa petrochequera, en un alicaído Pdbono o en un bono basura argentino.

Y ya sabemos que sin petrochequera, el carisma del mejor locutor del mundo deviene en mueca que produce lástima, fastidio o risa. La cronista se pregunta si Chávez se habrá tomado la molestia de “verse” en las cadenas de los últimos días y, sobre todo, de “ver” las caras de los gobernadores, alcaldes y demás “claque” que le acompañan en su desespero de imponer el “!uh, ah, Chávez no se va!”.

El auditorio que está con Chávez en sus cadenas se ha convertido en el carómetro que mide la actitud de su militancia ante el febril empeño por reelegirse eternamente: aplausos menguados, gestos aburridos y caras somnolientas. A medida que le llegan encuestas con el dominante rechazo de los venezolanos a sus aspiraciones de reelegirse indefinidamente, su desesperación aumenta y con ella, aumentan sus errores públicos.

Aunque las mediciones de la Sala Situacional de Miraflores le recomiendan no seguir abusando de las cadenas, él realiza hasta tres al día, en la esperanza de que su otrora convincente verbo diluya ese “no” masivo que emerge de todas las clases sociales.

Chávez ha perdido el control de sus actos, de sus palabras y de sus gestos. Suda, grita, suplica. Con tono pretendidamente evangelizador promete que quienes “quieran patria, los que quieran ser libres y los que quieran felicidad vengan conmigo” y lo dice a sabiendas de que lleva diez años declarando la guerra a la mayoría de los venezolanos: insulta a la Iglesia, a maestros, profesores, a los médicos, a estudiantes universitarios, a periodistas y medios, a empresarios y sindicatos, a partidos políticos de oposición y a partidos socios del gobierno que no comparten algunos de sus criterios.

Chávez deliraba esta semana diciéndose a sí mismo que “Hugo Chávez allá en Miraflores es garantía de paz, de libertad”. Y como si la contienda que él plantea fuese una elección presidencial y no la enmienda de un presidente obsesionado por el poder al que le faltan todavía cuatro años para finalizar su mandato, Chávez añadía que si la oposición ganaba la presidencia “unos 10 que se creen presidenciables, serían garantía ¿de qué? de guerra, sería el caos”.

Caos” el que se avecina ante la brutal caida de los precios petroleros, sin que Chávez tome medidas para mitigar su demoledor impacto “Guerra” la que el hampa ha declarado a los venezolanos de todas las clases sociales sin que a Chávez le haya importado el asesinato de casi quince mil personas anuales, violencia no pocas veces propiciada desde el poder. Venezuela es el segundo país más violento de América Latina, después de El Salvador, según cifras del Incosec. La tasa de muertes violentas en nuestro país es de 48 personas por cada 100 mil habitantes, superior a las 39 muertes en Colombia. Guerra, la de Chávez contra Rosales en venganza por su aplastante triunfo en el Zulia.

Para justificar que la primerísima prioridad de Chávez es su reelección indefinida, el diputado oficialista Carlos Escarrá, afirmaba en El Nacional (07-12-2008) que “la gente del Psuv sabe que la revolución es lo primero“. Es decir, el poder indefinido es más importante que la lucha contra la delincuencia, la corrupción y la pobreza.

Prueba de que el pueblo venezolano ya no come cuentos es el resultado de la encuesta Hinterlaces cuya investigación de campo en las 12 más importantes ciudades del país concluyó el pasado domingo: El 61% está en contra de la reelección presidencial y 32% a favor. Además el 62% de los encuestados dice que la enmienda propuesta por Chávez es inconstitucional y cifra igual piensa que el presidente quiere quedarse en el poder como Fidel Castro.

El “carómetro” y otros signos…
Marta Colomina
El Universal