sábado, 27 de diciembre de 2008

Sobre la soberanía popular


Los temas de la reelección indefinida y de la enmienda constitucional se enmarcan en un ámbito amplio, vinculado al concepto de soberanía popular. De acuerdo con uno de los nuevos Gobernadores regionales oficialistas, la Asamblea Nacional “se equivocó” cuando aprobó la Constitución vigente: “La enmienda sólo va a corregir el error que se cometió en 1999. Estamos seguros de que el pueblo quiere que en diciembre de 2012 Chávez se quede en la Presidencia de Venezuela…Le pusimos límite a la soberanía, al poder de nuestro pueblo. Hay que asumir los errores, el pueblo es quien debe tomar esa decisión”.

Estas aseveraciones ponen de manifiesto varios desatinos. En primer término, pierden de vista que una soberanía popular ilimitada se convierte con facilidad en sinónimo de opresión, pues las mayorías circunstanciales, actuando sin límites, son con frecuencia capaces, y están en ocasiones deseosas, de someter a las minorías. Por ello, la libertad del ser humano exige que las decisiones de la mayoría deriven su autoridad de un acuerdo más amplio en torno a principios inviolables, ni siquiera por la voluntad de los que en un momento coyuntural posean la mayoría democrática y detenten el poder legítimo.

Resulta difícil para nuestros actuales gobernantes entender que toda soberanía, por su esencia misma como principio de acción en contextos complejos y plurales (una sociedad o un conjunto de Estados), requiere de límites. Tampoco captan que en un futuro ellos mismos seguramente se hallarán en minoría, y en consecuencia podrían sufrir los efectos de una soberanía ilimitada ejercida por otros. Si un determinado grupo en el seno de la sociedad posee soberanía ilimitada, el resto estará a la merced de cualquier capricho de quienes mandan.

De igual manera, si un Estado aspira a la seguridad absoluta en el ámbito internacional, los demás se encontrarán, por consiguiente, absolutamente inseguros. De todo lo anterior se deriva una sencilla conclusión: la pretensión del actual régimen de cambiar a su antojo la Constitución que ellos mismos, hasta hace poco, llamaban “la mejor del mundo”, así como su evidente determinación dirigida a perpetuarse indefinidamente en el poder, comprueban que los venezolanos estamos sometidos a una voluntad política tiránica, que desprecia los límites a la soberanía y por lo tanto quiebra el pacto social, es decir, los principios que garantizan la libertad y el pluralismo.

En segundo lugar, las declaraciones y la propaganda de los voceros del régimen y de los medios de comunicación oficialistas, evidencia un profundo desconocimiento de nuestra historia republicana, así como de sus más significativas lecciones. Menciono dos: Por un lado, que después de más de dos docenas de Constituciones y de una historia signada por la turbulencia, es tiempo de enseriarse y comprender la importancia vital de la estabilidad jurídica y del respeto a los derechos comunes, para que Venezuela logre avanzar en lugar reproducir los abusos del poder.

Por otro lado, nuestros actuales gobernantes olvidan que algún día, temprano o tarde, el poder que ahora usan con tanta arbitrariedad y descaro ya no estará en sus manos, y el vuelco de la historia les tomará con la conciencia herida por los múltiples rastros del despotismo.

La total ausencia de sentido de las proporciones que a diario exhiben el Presidente Chávez y sus más notorios seguidores, su incapacidad para vislumbrar un posible fin, a mediano o largo plazo, de su poder actual, y la consecuente importancia de controlarse y restaurar la malograda unidad entre los venezolanos, revela una pérdida del autodominio y una ausencia de sentido histórico, que les augura severas frustraciones y un triste destino.


Por Aníbal Romero

Diario de América

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