viernes, 12 de junio de 2009

Historia de dos locatos


Nuestros locatos de turno padecen delirio de poder, lo que los vuelve peligrosos y dañinos.




Ni Chávez ni Correa han creado un empleo nuevo. Ni han abierto una fuente de trabajo o de esperanza. Ni le han mejorado la vida a nadie. Ni han construido un pueblo más digno, o más ecuánime, o más grande. Pero no importa. Tienen que seguir. Nada ni nadie los puede detener en la frenética carrera de su prédica insensata.

Alguien dijo, y lo repiten muchos, que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Es muy extraño que no se haya insistido lo suficiente en que antes de corromper el efecto del poder es la locura. Lo que no está muy lejos de comprobar que son locos los que padecen con más violencia el delirio del poder. Los grandes locos del Siglo XX, Stalin, Mussolini y Hitler, padecieron de ese mal incurable. Como tantos que los siguieron, pero que por su dimensión no alcanzan a grandes locos, sino a insufribles locatos. De esta índole son Hugo Chávez y Rafael Correa, a su turno modelados en la demencia malévola de su paradigma, el Comandante Fidel Castro.

Nuestros locatos de turno padecen delirio de poder, lo que los vuelve peligrosos y dañinos. Se sienten predestinados, talentosos, ilustrados, dueños de la verdad y la justicia, que imparten como Zeus, entre los rayos de su Olimpo. El loco, como el locato, todo aquí es cuestión de tamaño, pierde contacto con la realidad, no oye razones y no se detiene ante nada. Y en su arremetida va creando un turbión cenagoso que no suele detenerse sino consumada la catástrofe. A Hitler no lo paraba sino la muerte, después de haber causado con su delirio la de más de cincuenta millones de víctimas.

A Stalin se le imputan entre treinta o cuarenta millones, más las que tuviera que compartir con Hitler por la guerra. Fueron menester para vencerlos ejércitos enormes o la catarsis de todo un pueblo. Si no se detiene a tiempo ese delirio de poder, compuesto de odios atroces, ambiciones sin freno, resentimientos incurables, el daño será infinito. Desatada la locura del poder no para sino ante un pelotón de fusilamiento, o la colgadura de un árbol, de cara al suelo, o la destrucción entera de un país, o la furia incontenible de toda una nación. Antes de esa justicia, el loco o el locato siguen su carrera frenética al infierno, arrastrando tras ellos millones de inocentes.

Fidel Castro gobierna, desde su lecho de moribundo, una Nación de esclavos y mendigos. Aniquiló la libertad de un pueblo y lo perdió en un laberinto de pobreza física y moral. En Cuba es un delito pensar y es un delito producir, las dos cosas que distinguen el género humano de los brutos. Eso es todo lo que queda en la isla de Martí, después de que recibiera la mayor ayuda externa que se diera a ningún país de este continente. Chávez y Correa botaron a la basura la oportunidad histórica e irrepetible de convertir a Venezuela y Ecuador en dos naciones desarrolladas, prósperas, grandes.

Ahora solo les queda tirarlas por el precipicio de una guerra civil. Las grandes oportunidades no suelen llamar a la puerta muchas veces. Desatendidas, se van para no volver. Pero estos locatos siguen en lo suyo. Se roban empresas, matan el crédito de sus países, desalientan el trabajo, empujan a la división, al odio y a la muerte a sus seguidores furibundos. El resentimiento cuenta siempre con clientela disponible. Quien tiene hambre no razona. El que odia no perdona. Y los locos del poder suelen ser insensatos productores de odio, como en el caso de nuestros vecinos.

Ni Chávez ni Correa han creado un empleo nuevo. Ni han abierto una fuente de trabajo o de esperanza. Ni le han mejorado la vida a nadie. Ni han construido un pueblo más digno, o más ecuánime, o más grande. Pero no importa. Tienen que seguir. Nada ni nadie los puede detener en la frenética carrera de su prédica insensata. Cada día habrá una nueva ración de desquite, un nuevo espectáculo circense, una nueva estupidez, una nueva crueldad. Cuando no sean capaces de sembrar un odio nuevo, estarán perdidos.

Y hasta eso se agota. Esa “llama ávida de lamer, tormenta sorda que sobre el mundo enloquecida brama”, en algún momento se detiene exhausta para preguntarse qué le queda de esperanza o qué ha conseguido para saciar su apetito devorador. Y sintiéndose engañada se vuelve enceguecida contra la mano que la atiza. Así ha sido siempre. Así será. Solo queda esperar la hora.
(La Hora de la Verdad)


Por Fernando Londoño Hoyos
Diario de América