lunes, 21 de enero de 2008

Traspiés en un campo minado progre


Obama se hace el ofendido y los Clinton cosechan un poco de su siembra de décadas



Durante décadas, los progres, creyendo que la "autoestima" es un derecho universal que es puesto en peligro por una insensibilidad casi universal, se han esforzado por hacer a todo el mundo exquisitamente sensible a las minucias. Los progres se han convertido en industriales al tiempo que la industria de la indignación ha prosperado. Es injusto, y maravilloso, entonces, que Clinton se haya visto castigada por su insensibilidad.

La campaña de Hillary Clinton, útil por fin, se ha sumado en los últimos días a la reserva de alegrías inofensivas de la nación. Lo ha hecho peleando por mantenerse a flote, como un dinosaurio que se hunde en una charca de alquitrán, con el pegajoso problema de ser tan "sensible" como los progres de verdad, nuestros modelos multiculturales, se supone que han de ser.

Durante décadas, los progres, creyendo que la "autoestima" es un derecho universal que es puesto en peligro por una insensibilidad casi universal, se han esforzado por hacer a todo el mundo exquisitamente sensible a las minucias. Los progres se han convertido en industriales al tiempo que la industria de la indignación ha prosperado. Escriben códigos universitarios de expresión, infestan las corporaciones con "talleres de sensibilidad" y retiros "de concienciación", y generalmente obligan a que el nuevo derecho atraviese este valle de lágrimas sin lágrimas o incluso sea vejado.

Es injusto, y maravilloso, que Clinton se haya visto castigada por su insensibilidad al pronunciar la verdad indiscutible de que el Presidente Lyndon Johnson, así como Martin Luther King Jr., fueron imprescindibles en la promulgación de las leyes de derechos civiles de 1964 y 1965. En su defensa, Barack Obama parecía ser completamente incapaz de esconder su aburrimiento en su papel de víctima menospreciada en la charada de ser ofendido. Su campaña, no obstante, jugó metódicamente una parte discreta en el baile de acuerdos obligado.

La avería de Clinton, chirriando agotamiento del motor político, forzando sus cojinetes y perdiendo tuercas, ha pasado de avergonzar a Obama por un ensayo de jardín de infancia (en el que supuestamente daba a conocer una ambición presidencial que era impropia dada la edad) a acusarle de querer ser razonable, hasta agradable. ¿No hay nada a lo que el hombre ceda?

Estados Unidos ha dado otro paso de gigante en su marcha hacia la igualdad de oportunidades gracias a Robert Johnson, fundador de Black Entertainment Television, que esta semana demostraba que un multimillonario negro puede ser exactamente igual de necio que lo son ciertos multimillonarios blancos que piensan que su inteligencia es equiparable a su valor neto. Presentando a Clinton en un acto de campaña, Johnson llamaba a Obama “un tipo que dice, 'quiero ser un razonable y agradable Sidney Poitier en Adivina quién viene a cenar'". Para el profano, así es como se llama Tío Tom en una era que no ha leído “Uncle Tom's cabin”.

Johnson también dijo que mientras los Clinton "Tomaban parte en los problemas negros", Obama "hacía algo para pasar el tiempo -- no diré lo que hacía, pero lo dijo en su libro". Johnson, por supuesto, se refería al reconocimiento por parte de Obama de consumo de drogas cuando era adolescente. Con Bill Clinton apoyándole, más tarde insistía en que se refería a la organización comunitaria de Obama. La campaña de Clinton no debe ser culpada de esta cómica deshonestidad. En la órbita de los Clinton, la promiscuidad es igual de refleja que un estornudo, y los actos reflejos no son fallos morales.

Todo este absurdo es, no obstante, testimonio quizá de algo sensato que está teniendo lugar en la competición Demócrata. La aprobación a los políticos por parte de los políticos puede importar poco a los votantes, pero es indicadora de la estimación de fuerza y peligros de aquellos a los que dan su apoyo. De manera que, ¿qué tienen en común los Senadores Kent Conrado, de Dakota del Norte; Tim Johnson, de Dakota del Sur; Claire McCaskill, de Missouri; y Ben Nelson, de Nebraska, con el exsenador de Colorado Gary Hart y los gobernadores Jim Doyle, de Wisconsin; Tim Kaine, de Virginia; y Janet Napolitano, de Arizona?

En realidad tres cosas. Son Demócratas, han sido elegidos en estados bisagra o estados Republicanos, y han dado su apoyo a Barack Obama.

En el 2000 y 2004, George W. Bush se llevó Dakota del Norte con el 60,7% y el 62,9% de los votos. Un candidato presidencial Demócrata no ha ganado en el estado desde 1964. Bush se llevó Dakota del Sur con el 60,3% y el 59,9%. No ha votado Demócrata en unas elecciones presidenciales desde 1964. Bush ganó Missouri con el 50,4% y el 53,3%. Este estado indicador ha votado con el ganador en todas las elecciones de los últimos 100 años menos una (1956). Bush ganó en Nebraska con el 62,2% y el 65,9%. La última vez que votó Demócrata fue en 1964. Bush ganó en Colorado con el 50,8% y el 51,7%. Votó Demócrata por última vez en 1992. Bush ganó en Arizona con el 51% y el 54,9%. Votó Demócrata por última vez en 1996. Bush ganó en Virginia con el 52,5% y el 53,7%. Votó Demócrata por última vez en 1964. Bush perdió en Wisconsin por poco con el 47,6% y el 49,3%.

La predilección de esas ocho personas por Obama ciertamente tiene algo que ver con lo que revela la campaña de Clinton sobre ella. Ha sufrido desgracias en serie en el campo de minas racial de manufactura propia del progresismo. Su competición torpe en los parajes de la sensibilidad la hace parecer un pintoresco anacronismo. Apesta a la sensibilidad racial sintética y demás fanatismo con la sensibilidad del último tercio del siglo pasado. Los americanos de carácter ciertamente están pensando: supéralo de una vez.

© 2008, The Washington Post Writers Group

http://www.diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=3148