viernes, 3 de octubre de 2008

Palin vuelve a sorprender a sus críticos


No recuerdo haber observado jamás tanta expectativa frente a un debate entre candidatos a vicepresidente como la que precedió al de anoche entre Joe Biden y Sarah Palin. Esto se debe seguramente al efecto revolucionario que tuvo la elección, por parte de McCain, de Palin como compañera de fórmula. También se debía al nerviosismo generado por la campaña de desprestigio orquestada desde los medios en contra de la Gobernadora de Alaska, y a sus patinazos en el par de entrevistas que brindara a dos cadenas de televisión.

La primera incógnita de la noche tenía que ver, no con los candidatos, sino con la moderadora del debate, Gwen Ifill. Y es que varios periódicos revelaron anteayer que Ifill, una afroamericana conductora de varios programas de actualidad en la televisión pública, es simpatizante de Obama y está escribiendo un libro acerca de éste subtitulado “Política y raza en la era de Obama”, a ser lanzado el mismo día del comienzo del mandato del próximo presidente. Ifill debería informado (y no lo hizo) a la comisión de debates acerca de esto, lo que probablemente la hubiera descalificado ya que evidentemente tiene un conflicto de intereses: si gana Obama seguramente ganará varios cientos de miles de dólares, pero si pierde, no. Pero a pesar de las dudas acerca de Ifill, al final su conducta fue mesurada y se comportó profesionalmente y de manera bastante imparcial.

Si bien Joe Biden es conocido por sus meteduras de pata y por sus respuestas “divagantes”, la mayor parte de la atención estaba enfocada casi exclusivamente en Sarah Palin y en lo que, según la prensa progre al menos, iba a ser su implosión y seguro final. Para fortuna de Palin y de los Republicanos, esto no sucedió, sino algo muy diferente.

Los debates en Estados Unidos suelen ser recordados no por su contenido ni por las políticas enunciadas por los candidatos, sino por las meteduras de pata y por lo que en inglés se llama “soundbite”: una frase corta, atractiva y contundente que los medios luego repiten ad nauseam. Ejemplos recordados de esto son la oportunidad en que Ronald Reagan, que tenía un año más que McCain cuando se presentó a la reelección, le dijo a Walter Mondale que no utilizaría la “juventud e inexperiencia” de éste en su contra. O cuando el candidato a vicepresidente Demócrata en 1988, Lloyd Bentsen, le dijera a Dan Quayle, cuando este afirmó que tenía la misma edad y experiencia que Kennedy cuando se presentó a las elecciones, que conocía bien a John Kennedy, que éste había sido amigo suyo y que Quayle no tenía nada que ver con Kennedy.

Si bien no hubo ningún “soundbite” memorable en este debate y ninguno de los candidatos cometió ningún error garrafal, lo que sí será recordado por la gente es lo simpática que estuvo Palin y cómo superó con creces las expectativas creadas por una prensa que en su mayoría le tiene mucha antipatía. No solo no hubo implosión, sino que Palin habló con confianza, con soltura y con tranquilidad, cosa que a juzgar por las expresiones en el rostro de Joe Biden, claramente le resultaron irritantes, cuando no frustrantes. No se puede decir que haya habido un claro ganador en el debate, pero está claro que quien se beneficia más con el resultado es la Gobernadora de Alaska.

Nuevamente, como lo hiciera en la noche en que diera su magnífico discurso frente a la Convención Nacional Republicana, Palin confundió a sus críticos y salió mucho mejor parada frente a la opinión pública que antes del evento. Su desempeño seguramente ayudará a la campaña de McCain, aunque el aporte será quizás muy modesto. De todas maneras, el hecho de que la prensa vaya a estar hablando acerca de la nueva sorpresa positiva de Palin durante las próximas 24 a 48 horas puede ayudarle a McCain a cambiar la trayectoria actual de la campaña, que no le favorece en nada.

Por Pablo Kleinman
Diario de América
http://www.diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=4616