viernes, 30 de noviembre de 2007

Nada te turbe


Nada te turbe. ¡No hay por qué tenerle miedo a ese! Dijo con firmeza y convicción David al Rey Saúl. Yo tu servidor iré a pelear con ese filisteo, refiriéndose a Goliat. Saúl le advirtió al joven muchacho “No puedes pelear contra él, pues tu eres un jovencito y él es un hombre adiestrado para la guerra desde la juventud”. David, sin armaduras ni las pesadas armas, tomó su bastón, escogió en el río cinco piedras lisas y las colocó en la bolsa de pastor. Al final de la tarde, el cuerpo del gigante estaba en el suelo, el pié de David sobre sus restos, y la cabeza en sus manos. Claridad de objetivos, persistencia, discernimiento y coraje.

Nada te espante. Holofernes, jefe supremo de los ejércitos de Nabucodonosor, Rey de Asiria, ordenó a su mayordomo que trajeran a su presencia a esa mujer hebrea. “Que venga a comer y a beber en nuestra compañía. Sería una vergüenza para nosotros dejar que se fuera una mujer así sin haber tenido relaciones con ella”. La respuesta de Judith a los requerimientos del general fue la sumisión y la complacencia. “¿Quién soy yo para oponerme a mi Señor?

Se levantó, se adornó con sus vestidos y todos sus adornos de mujer”. Al final del festejo, solo quedaron ellos dos. Ella totalmente sobria, él totalmente borracho. Avanzó entonces hacia la cabecera de la cama, desenvainó su espada, y acercándose al lecho, lo golpeó dos veces en el cuello hasta cortar su cabeza. “Aquí tienen la cabeza de Holofornes. El Señor lo mató por la mano de una mujer”. Perseverancia, coraje y fortaleza.

Todo se pasa. “Mi estimado Rafael: Ha muerto Juan Vicente Gómez. ¡Qué ingenuidad asombrarse por el paso del tiempo! ¿Acaso no sabíamos que hasta el más cruel y obstinado presente se convierte en pasado? Me avergüenza pensar las veces que concebí a Gómez como algo eterno, inmutable. Cuando todo esto empezó, usted aún no había nacido; ahora que termina ambos tenemos mucho por hacer…”. Fdo. Rómulo Gallegos.

Dios no se muda. Yavé dijo: “He visto la humillación de mi pueblo en Egipto, y he escuchado sus gritos, al maltratarlo sus mayordomos. Yo conozco sus sufrimientos. Ve, pues, yo te envío a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel”. Y Moisés, su cayado y toda la fuerza de Dios, así lo hizo.

La paciencia todo lo alcanza. Es cuestión de esperar que se cumplan los tiempos de Dios, porque no hay nada más grande y portentoso que el paso de un día tras otro. El tiempo es el trapiche donde se muelen personas, ideologías y convicciones, cuando todas ellas están escindidas de la virtud. Cuando sus fuerzas están enfiladas contra la gente y el bienestar de los pueblos. En momentos culminantes, paciencia y no perturbación. Serenidad y no desesperación. Fortaleza y no desesperanza.

Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta. Con esas palabras en su boca murió Teresa de Jesús, santa española del lejano siglo XVI. Decenas de infortunios y retos tuvo que enfrentar a lo largo de su vida para terminar siendo una mujer portentosa, de convicciones admirables, de imponente coraje, indeclinable confianza en Dios y una perseverancia infranqueable.

Dios muestra su fortaleza inmensa en la debilidad de los hombres, cuando se persigue la justicia. La inexperiencia, indefensión, desvalimiento, la no violencia, la esperanza, la persistencia, y la fragilidad de todos ellos son pruebas de que Dios escribe la historia de las victorias de la humanidad sobre los trazos torcidos y endebles de la debilidad de cada uno de nosotros. Todos ellos muestran cuan perfectos son los tiempos de Dios, aunque nosotros no podamos entenderlos, aunque los imaginemos llenos de dudas y sufrimientos. Al final, el trigo siempre se separa del abrojo. Nada te turbe, entonces, porque solo Dios basta.

Víctor Maldonado
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