domingo, 19 de abril de 2009

Caída libre


Tenía listos para la columna de esta semana unos comentarios sobre la Cumbre de las Américas y esa otra cumbre, la del ALBA, reunida exclusivamente para unificar la posición de sus socios frente al encuentro de Puerto España. El ALBA no es una organización de integración subregional como MERCOSUR, la CAN o el SICA, sino un instrumento para alcanzar los propósitos que se agitan en la tormentosa imaginación de Chávez. La interesante Cumbre de las Américas era mi tema, pero el discurso pronunciado el pasado lunes por el presidente venezolano y las medidas que ha ordenado me obligan a volver a la crítica situación venezolana.

En medio de divagaciones impertinentes y reiteraciones obsesivas, el presidente no se limitó a torturar la paciencia de los seguidores que pudo reunir, sino que inició lo que denominó la tercera fase de su sedicente revolución. ¿Una ''radicalización'' del proceso en el sentido de elevación de la calidad de vida? Así la presentó, acusando al imperio y a los oligarcas de haberla provocado. En la Conferencia de la OEA de 1961 en Punta del Este, el Che Guevara expuso su teoría del ''contragolpe''. Contragolpeando --según él-- Cuba no tuvo más remedio que radicalizar una revolución que no estaría en la agenda. Pues bien, fiel a la costumbre de adornarse con frases de otros, el presidente Chávez dijo el lunes que ''se veía obligado'' a profundizar su revolución debido a los ataques del imperio.

¿De qué se está defendiendo Chávez? La disidencia venezolana no ha hecho sino participar en elecciones, manteniéndose tercamente en el cauce constitucional, y por lo que a EEUU se refiere, lo nuevo es Barack Obama, un hombre inclinado al diálogo, no a la confrontación.

¿Pero qué es lo que Chávez llama ''radicalizar'' su proceso? Pura y simplemente la imposición de un sistema dictatorial de vocación totalitaria, y alimentar a grupos armados para el crimen, muy parecidos a los fascios di combattimento de Mussolini y Balbo y a los organizados en Cuba para idénticos propósitos. Para el régimen, ''radicalizar'' no es resolver la deplorable condición popular, no es ''empoderar'' a los de abajo, sino convertir al de arriba en monarca absoluto rodeado de áulicos y felicitadores. Ha lanzado una agresión brutal contra el movimiento obrero, contra los electores que votaron por opciones disidentes (el 46%, según el CNE o ministerio para asuntos electorales) y contra conquistas democráticas alcanzadas en Venezuela y el mundo tales como la descentralización, el sufragio efectivo, la libertad política, la libertad de expresión, la contratación colectiva, el derecho de huelga y la educación no cautiva, sino libre y plural.

En materia de justicia no estamos en el siglo XXI, sino en el XVIII, en cuya segunda mitad la ilustración confrontó la justicia inhumana hasta el horror del absolutismo monárquico. En 1764 Cesare Beccaria publicó De los delitos y las penas, dando nacimiento a la presunción de inocencia. Por ser base de la justicia, semejante teoría es indigesta para las dictaduras. Chávez condenó anticipadamente a los valientes policías que sus dóciles tribunales, a sabiendas de su inocencia, sentenciaron a morir en vida. Presumiendo la ''culpabilidad'' de Rosales ordenó, antes de incoarse el proceso judicial, que lo encarcelaran. Sobre los escombros de la democracia reina un monarca antipopular y antiobrero, hostil al pluralismo, los derechos humanos, los periodistas y medios. Un retorno al oscuro pasado llamado socialismo del siglo XXI.

¿Tiene salida el sórdido laberinto? La tiene. Sin violencia, Constitución en mano, la mayoría afectada debe salir a defender cada pulgada de terreno en una lucha firme y sacrificada. Tascarle el freno a la dictadura es la consigna.


El Nuevo Herald