lunes, 27 de abril de 2009

El mal turco de Europa


La parte europea de Turquía, en amarillo; la asiática, en verde




Turquía quiere entrar en Europa. No llama a las puertas con un ejército como argumento; no el de ahora, al menos, pero sí los que en el pasado le permitieron ocupar una franja del continente. Ese pedazo de tierra es una pequeña grieta por la que quiere colarse Turquía. Es la sublimación del continente, el argumento geográfico, tomando la parte por el todo. Y la renuncia del contenido, de los europeos con su historia y su cultura, secularmente enfrentada a Turquía. Si el argumento es la geografía, Turquía pertenece casi en su totalidad a Asia Menor.

¿Lo será la historia? ¿Puede un enfrentamiento secular ser argumento para una integración política? Uno de los hechos más desafortunados de la historia, acaso el que más, fue la caída de Constantinopla. ¿Qué habría sido de un Occidente con dos centros, con dos fuentes de cultura y poder, ambos con las mismas raíces?

¿La política, entonces? No será la internacional. La Unión Europea sobresale por esa combinación, casi imposible, entre la inacción y la doble moral, entre la presencia en todos los foros y la irrelevancia. Con Turquía, Europa haría frontera con Irán, Irak y Siria. Importaríamos de forma inmediata los problemas que causan esos Estados tan inestables.

Será, entonces, la política europea. Pero no hay más que imaginarse el efecto de la incorporación de esos 70 millones de turcos, con una población mayor que la de Alemania. Y no hay que dejar correr mucho la imaginación para hacerse a la idea de la reacción turca en cuanto comenzaran a imponerse directivas europeas impopulares, especialmente para los sectores más islamistas. ¿Necesita Europa más grupos terroristas?

La integración de Turquía no tiene ningún sentido. Si se quiere favorecer la democracia en aquel país, ábranse nuestras fronteras a sus productos y a sus gentes. Europa no la necesita. Si alguna vez se planteó el abrazo, fue porque a esta Europa le falta conciencia de sí misma, y sus políticos se avergüenzan de su historia y de su cultura.

Por José Carlos Rodríguez
Diario de América