jueves, 2 de abril de 2009

La fuerza de Dostoyevski


Fyodor Mijailovich Dostoyevski



Una vez abandonada la utopía socialista a la que adhería el célebre autor ruso del título de esta nota, pero aún en medio de la compulsión por el juego (escribió El jugador -en verdad un libro autobiográfico en muchos aspectos- para pagar una deuda de juego) y con ataques esporádicos de epilepsia, este coloso de la literatura que pasó por tantas vicisitudes (preso en Siberia por conspirar) y glorias inigualables, entre miles de páginas, hay una de Crimen y Castigo y un capítulo de Los hermanos Karamazov que quiero aludir brevemente en estas líneas.

En el primer caso, que me hizo notar mi hija Marieta, se consigna que “Si a mi, por ejemplo, se me dice ´ama a tus semejantes´ y pongo este concepto en práctica ¿qué resultará? -se apresuró a decir Ludjin con demasiado calor- rasgaría mi capa y daría la mitad a mi prójimo y los dos nos quedaríamos medio desnudos...todo el mundo está fundado en el interés personal. Si usted no ama más que a usted mismo, hará de un modo conveniente sus negocios y su capa quedará entera. Añade la economía política que cuantas más fortunas privadas surjan en una sociedad, o en otros términos, cuantas más capas enteras hay. Más sólida y felizmente está organizada la sociedad. Así pues, al trabajar únicamente para mi, trabajo también para todo el mundo; y resulta en última instancia que mi prójimo recibe más de la mitad de la capa y no solamente gracias a las liberalidades privadas e individuales, sino como consecuencia del progreso general”.

Dostoyevski escribió esto en 1866. Las consideraciones que formula a través de su personaje responden a alguien que indudablemente ha meditado sobre el tema. No hay constancias claras pero es muy probable que haya tenido acceso a las obras de Adam Smith, especialmente La riqueza de las naciones, puesto que allí, en 1776, el autor escocés explica como el comerciante al buscar su propio interés, como una consecuencia no directamente buscada, beneficia grandemente a su prójimo al asignar factores de producción en libertad y en competencia al efecto de satisfacer los requerimientos del consumidor para poder prosperar. Hoy diríamos que se trata de externalidades positivas: al maximizar las tasas de capitalización se incrementan salarios e ingresos de terceros. Y no es que no esté incluido en el interés personal la benevolencia tal como apunta Adam Smith en las primeras líneas de su libro de 1759, es que este incentivo es el que mueve la producción.

Otra conjetura a raíz de una investigación aún inconclusa que llevé a cabo sobre dos jóvenes rusos que seguidamente menciono, consiste en que tal vez más probable que la lectura de los originales de Smith, haya sido que la influencia de este autor le llegara vía los destacados intelectuales rusos enviados por Isabel I y luego apoyados por Catalina la Grande a estudiar en Glasgow por seis años en la cátedra de Adam Smith, en 1761, cuando, precisamente, el escocés estaba preparando su obra cumbre que ejercitaba en el dictado de sus clases. Aquellas dos personas fueron Semyon E. Desnitsky y Ivan A. Tretyakov, quienes, a su regreso, enseñaron en la recientemente creada Universidad de Moscú y publicaron diversos trabajos y propusieron reformas sustanciales, las cuales fueron primeramente bien acogidas pero, en definitiva, los firmes opositores a la introducción de ideas liberalizadoras dentro y fuera de la Universidad lograron el cometido que los expulsen de esa casa de estudios. En todo caso, la difusión de los principios smithianos es muy probable que le hayan llegado a Dostoyevski a través de los mencionados autores.

En segundo lugar, en el quinto capítulo del libro quinto de Los hermanos Karamasov titulado “El Gran Inquisidor” donde nuestro personaje escribe y describe con la fuerza inigualable de llamaradas voraces e imparables, la canallada de los inquisidores (todos) quienes revelan una arrogancia y una malicia de tal envergadura que lo condenan a Cristo por haberse comportado como lo hizo frente a las tres célebres tentaciones en vísperas de su crucifixión.

Como es sabido, la primera tentación consistió en que, en pleno ayuno, Cristo sintió hambre por lo que el diablo sugirió que convierta las piedras en pan. Esto fue rechazado puesto que no debe venderse la libertad, la posibilidad de elegir el propio camino por pan (“no solo de pan vive el hombre”). La segunda, ubicado en el alero del templo en la cuidad santa, le dicen a Jesús que se arroje de allí y muestre como los ángeles lo protegen, lo cual fue también rechazado alegando que la comprensión de los principios no debe hacerse por el mal uso de milagros sino por el libre albedrío y la razón (“no tentarás al Señor tu Dios”). Por último, es conducido a un monte alto y le dicen que dominará al mundo y todos los reinos serán de quien adora al diablo, propuesta naturalmente negada puesto que el verdadero poder radica en acatar la voluntad de Dios (“al Señor tu Dios adorarás, solo a El darás culto”).

Fedor Dostoyevski escribe que el Gran Inquisidor lo acusa a Cristo y le dice “Tu quieres ir al mundo con las manos vacías, con cierta promesa de libertad que los hombres por su simplicidad y su depravada naturaleza, no pueden siquiera concebir, y que, además, temen con pavor, pues para el hombre y la sociedad humana no existe ni ha existido nunca nada más insoportable que la libertad ¿Ves esas piedras del desierto árido y tórrido? Conviértelas en panes y detrás de ti correrá la humanidad como un rebaño, agradecido y sumiso, aunque siempre estremecido por el temor de que retires tu mano y se queden sin pan. Pero tu no quisiste privar al hombre de libertad y rechazaste la proposición”. Y más adelante sigue el inquisidor “Pero lo que el hombre busca es inclinarse ante algo que sea indiscutible, tanto que todos los hombres lo acepten de golpe y unánimemente [...] ¿Acaso has olvidado que la tranquilidad y hasta la muerte con más caros al hombre que la libre elección en el conocimiento del bien y del mal?”.

Respecto de la segunda tentación quien condena a Cristo le espeta que “el hombre no busca tanto a Dios como al milagro [...] anhelabas una fe libre, no milagrosa. Anhelabas un amor libre no el servil entusiasmo del esclavo ante un poderío que les aterrorizara de una vez para siempre [...] enseñar a los hombres que lo importante no es la libre elección de los corazones y el amor, sino el misterio, al que deben someterse ciegamente, incluso a pesar de su conciencia. Eso es lo que hemos hecho. Nosotros hemos rectificado tu obra y la hemos basado en el milagro, en el misterio y en la autoridad. Los hombres se han puesto muy contentos al verse conducidos otra vez como rebaño”.

Por último en relación a la tercera tentación referida al poder, escribe el autor de marras siempre en boca del autócrata de la iglesia: “¿Por qué rechazaste este último don?. Si hubieras aceptado este último consejo del espíritu poderoso, habrías proporcionado al hombre cuanto busca en la tierra, es decir, un ser ante el que inclinarse, un ser al que confiar su conciencia, y también la manera de que todos se unan, al fin, en un hormiguero indestructible, común y bien ordenado”

No es posible agregar nada a esta pluma tan bien lograda, sustentada en un pensamiento tan contundente y enaltecido, que nunca comprendí como no fue incluida en la excelentísima obra de Isaiah Berlin titulada Pensadores rusos.


Por Alberto Benegas Lynch (h)

El Nuevo Herald