sábado, 14 de junio de 2008

Los peligros del maromero


Cambia de parecer en asuntos primordiales para su entendimiento de la autoridad

En los recientes días Chávez ha usado el retroceso con una asiduidad que jamás le habíamos observado. Se muestra como un mandatario vacilante, en contraste con el énfasis acostumbrado de su discurso y con el empeño en imponer decisiones contra la voluntad popular. Produce curiosidad ese hombre a quien apreciamos hoy como cautivo de las cavilaciones, no en balde es el mismo sordo que se ha fijado como meta el desconocimiento de su derrota el 2 de diciembre, el mismo ciego en cuyas manos se levanta con terquedad la bandera de un socialismo frente al cual reaccionaron negativamente los electores. ¿Se volvió otro o se partió en dos fragmentos opuestos, como pasa en ciertas novelas? Nadie puede ofrecer una explicación de la metamorfosis porque no existe, porque no hay fracturas en el conjunto homogéneo de un individuo que ha asumido la acción de gobernar sin reconocer la existencia del prójimo. En lugar de negar la esencia de un autoritarismo personal, la reiteración de tantas dudas conduce necesariamente a sus entrañas para dejar testimonio de la inconsistencia que lo caracteriza.

Detengámonos en los pasos desandados. Luego de negar la posibilidad del aumento de los pasajes, unas horas de paro de transportistas bastaron para que el Gobierno concediera el crecimiento de las tarifas negado antes en beneficio de los usuarios. Después de la cascada de insultos contra el imperialismo, el comandante anunció el deseo de tratar en términos expeditos con la administración próxima de Estados Unidos, demócrata o republicana. A poco se ocupó de criticar con dureza la Ley de Inteligencia y Contrainteligencia, que había anunciado como un producto meditado y benévolo. Pese a las alabanzas de la víspera, terminó por echarla al depósito de los desechos sin siquiera parpadear. Por último le tocó el turno a las FARC, cuyas fechorías ha acompañado durante nueve años de connivencia. Iluminado por una sorpresiva linterna, de golpe descubrió que en América Latina había pasado la época de los movimientos guerrilleros. De allí la petición que remitiera a los huérfanos de Marulanda, insólita en atención a los antecedentes de intimidad, para que cesaran su actividad en Colombia. Sólo el acuerdo con los transportistas se puede considerar como el remiendo de una coyuntura. El resto de las reculadas toca aspectos esenciales para el "pensamiento" oficial: la batalla contra fuerzas tenebrosas del Norte, el cercenamiento de los derechos individuales en beneficio de una mandonería y el fomento de la desestabilización en el vecindario. Una pirueta sin alarde, en suma, a la cual sobrevinieron tres saltos mortales desde el trapecio sin la protección de la red.

Uno se debe preguntar por las causas de las maromas, apremiantes sin duda, para quedarse obligatoriamente en el campo de las conjeturas. Uno puede pensar en la amenaza de las computadoras de Raúl Reyes, en la proximidad de noticias escandalosas en torno a un maletín repleto de dólares, en una elección de gobernadores rodeada de pronósticos sombríos y en la repulsa generalizada que provoca una conducta cada vez más arbitraria, pero apenas por jugar con la imaginación. Sólo el maromero conoce el motivo de sus cabriolas, la razón de sus aventuradas contorsiones. Hace los movimientos sin ofrecer explicaciones, como si no concernieran a sus gobernados. Cambia de parecer en asuntos primordiales para su entendimiento de la autoridad, sin detenerse a pensar en el apoyo veloz y automático que ha recibido de los áulicos. El argumento para deshacerse de la Ley de Inteligencia que había anunciado con bombos y platillos, fue patético en la pista del circo desacostumbrada a brincos capaces de conducir a la muerte. Dijo que no podía defender lo indefendible, sin miramientos para el equipo que redactó la norma, ni para el vuelo de su mano izquierda firmando el Decreto, ni para guerreros diligentes como Escarrá y Díaz Rangel, quienes clamaban por los méritos del espionaje mientras su voluble patrón preparaba el viaje del instrumento legal hacia el cementerio de los angelitos.

En uno de sus artículos recientes, tratando de despejar el secreto de unas volteretas tan apretadas hablaba Oswaldo Barreto de un dictador inhábil. Por allí pueden ir los tiros de una explicación plausible, si consideramos cómo los vaivenes alejan por completo al incompetente mandón del estereotipo de revolución al que se había aferrado y de las actitudes a través de las cuales se mercadeaba como líder revolucionario. La inhabilidad lo puede conducir a movimientos de negación y transacción debido a los cuales dejará de ser lo que ha sido, a echar él mismo las paletadas de tierra que cubran su agujero. No conviene animarse demasiado, pero es evidente que en estos tiempos viene actuando como un suicida.

Elías Pino Iturrieta
El Universal

http://opinion.eluniversal.com/2008/06/14/opi_34905_art_los-peligros-del-mar_894933.shtml