sábado, 2 de febrero de 2008

Geografía del hambre


La incapacidad que demuestra una cúpula para satisfacer necesidades fundamentales

El título de nuestra columna se calca de un libro fundamental del siglo pasado, escrito por Josué de Castro. Cuando circuló, en los años sesenta, la obra conmovió los pilares del saber geográfico y el entendimiento que se tenía del desarrollo de las naciones. Insistía en la obligación de conceder preferencia a un tema oculto por la vanidad del hombre contemporáneo y por las trampas de los gobiernos más influyentes del universo: la tragedia de comunidades cada vez más numerosas que no podían satisfacer las necesidades del estómago, ni siquiera en los términos apretados de la subsistencia. En su momento no llamó la atención de los venezolanos debido a que se experimentaba aquí la fantasía de la abundancia, pero debe convertirse hoy en lectura obligatoria.

Mientras su caja recibe rentas que nadie podía imaginar en el pasado reciente, con ímpetus dignos de causa más encomiable el régimen chavista nos introduce en la geografía del hambre. Ciertamente han existido entre nosotros comunidades depauperadas a las cuales se ha hecho difícil la adquisición de comida en el último medio siglo, pero el espectáculo de las filas de amas de casa pertenecientes a los sectores medios buscando bocados para llevar a su mesa; el mensaje de precariedad que la gente puede observar en parcelas yermas del campo que fueron productivas en la víspera; el hecho de que los alimentos de primera necesidad participen en la conversación del género masculino, hasta ahora despreocupado de un tema que parecía excesivamente doméstico, excesivamente femenil; el impacto de los anaqueles vacíos en los mercados que antes podían saciar, no sólo las urgencias sino también los lujos de quienes los procuraban, descorren el velo de un paisaje desolador como el que propuso Josué de Castro como prioridad.

Es evidente el mayor corolario de lo que el maestro llama "la más degradante de las calamidades": la incapacidad que demuestra una cúpula para satisfacer las necesidades humanas fundamentales. Una falla en materia tan medular debe producir una culpa que debe lavarse más temprano que tarde, o convertirse en rectificación, no en balde puede generar clamores de venganza debido a los cuales la geografía del hambre puede convertirse en geografía de guerra.

El hambre genera una inferioridad de naturaleza cultural, una sensibilidad relacionada con la minusvalía de quienes integran la sociedad sin vivir decentemente en su seno, debido al rigor de unos males cuya trascendencia nadie puede ocultar y de los cuales se puede pasar a un planteamiento de salidas violentas. ¿No convidan a ellas situaciones que sufre ahora Venezuela, como la aparición o el retorno de enfermedades como el raquitismo, el escorbuto, el bocio, el dengue y las anemias endémicas cuyo origen se encuentra en la falta de comida, o en su inadecuada provisión? Clama al cielo el hecho de que una degradación así de gigantesca forme parte de una colectividad administrada por un Gobierno que tremola las banderas del socialismo y del humanismo. También puede anunciar tempestades, no en balde quienes se proclaman como redentores carecen de la mínima pericia para convertir sus sermones en hecho concreto. Si ni siquiera se las arreglan para traer comida del extranjero con una chequera llena de dólares, mucho menos podrán hacer el milagro de multiplicar los panes y los peces.

Los habitantes de la geografía del hambre pueden matarse entre sí antes de que las carencias de comida los lleven a la tumba... Abundan testimonios de esta naturaleza en la historia de la humanidad, como para que nadie piense que se hacen ahora anuncios apocalípticos con el objeto de criticar al Gobierno. Además, los habitantes de la geografía del hambre no sólo se distancian de los regímenes que no calman sus urgencias, sino que también llegan a odiarlos y a desear su desaparición. Revisen las páginas elocuentes de Josué de Castro, ineptos e indolentes funcionarios de la "revolución". Puede ser que no se sientan animados gracias a ellas por la virtud de la misericordia con los hambrientos, pero entenderán la conveniencia de ponerse a amasar el alimento de cada día para evitar que el pueblo los eche de la cocina.

El autor de la Geografía del hambre se conmovió con la lectura de Las uvas de la ira, una novela de John Steinbeck que narraba la historia de una piadosa familia cuyos miembros viajaban por unos contornos riquísimos, bendecidos con prodigalidad por la naturaleza, sin encontrar la forma de alimentarse para continuar la marcha. Los recursos de la región se convertían para ellos en un desierto de indiferencia, capaz de conducirlos a maldecir la hora en la cual emprendieron un periplo que los hacía tan infelices. Es una narración que bien pudo inspirarse en la Venezuela de nuestros días.

Elías Pino Iturrieta
www.eluniversal.com