lunes, 4 de mayo de 2009

En cuál fase está el populismo chavista




Los fundamentos que explican en parte el rumbo social y político del país no escapan a la tradición histórica latinoamericana. Ciertamente muchas cosas han cambiado. La alternancia democrática, como la llamó Eduardo Frei Montalva, ha sustituido en la mayoría de los países a las interminables dictaduras despóticas. No obstante ello, ha sido difícil sembrar en nuestros procesos educativos el precepto democrático como valor cultural irrenunciable; de allí que nuestro presidente militar pueda jugar con el nivel de apoyo que aún posee. La gente practica la democracia pero duda de sus principios. El populismo sigue preservándose como factor de correlación entre el jefe y los gobernados. Ello se evidenció en las elecciones de 1998. Se impuso el más genuino populista al estilo ramplón latinoamericano. Se desestimaron 40 años de democracia (1958-1998) para dar paso a un populismo cuyas fases, lamentablemente, están incólumes.

Primera fase, ofertas electorales: "extirpación del cáncer de la corrupción hasta la supresión total de la pobreza, pasando por incrementos sustanciales de sueldos y salarios; educación gratuita para todos y fulminación del neoliberalismo salvaje". Esta fase casi siempre viene acompañada por el aclamacionismo, tristemente prolongado en nuestro país en inconveniente proporción. El aclamado, por su parte, capitaliza esa euforia para sus propios designios cuyos efectos, además de innobles, son destructivos. Por ejemplo, para el consumo de la morralla Chávez denunció al inicio de su gestión, con saña, el lujo excesivo en la residencia presidencial; también que renunciaría a su salario a favor de 3 estudiantes. ¿Más populismo que ese?

Segunda fase. Tratar de dar cumplimiento en lo posible a tantos ofrecimientos de campaña. Esta fase sólo es posible cuando se dispone de suficientes recursos. Efectivamente, Chávez pudo materializar parte de su oferta gracias a los altos precios del petróleo. Incluso, fue más allá. Misiones fantasmas, Mercales con precios a pérdida, regalos abundantes a países extranjeros, permisividad para sus fieles por encima de la ley, franelas, dinero y cajitas felices en los eventos políticos en los que aparecía su figura como ilustración central. La prodigalidad de la sangría se extendió a sus colaboradores más cercanos. Suntuosidad en los despachos oficiales, gastos superfluos en ropajes, joyas y prendas de lujo. Incluso miles de millones de bolívares en extravagancias como por ejemplo la compra de globos aerostáticos para Caracas que jamás funcionaron. Más de un avión presidencial, Hummers y camionetas similares al por mayor.

Tercera fase: el espectáculo. Cuando las condiciones económicas se estrechan, tal como está ocurriendo, se recurre a la distracción. Se hace evidente un ciclo de extrañas representaciones inconexas orientadas a hacerse el sueco ante los verdaderos conflictos. Por ejemplo, en las ceremonias aclamacionistas del régimen se pide la abdicación de los funcionarios de oposición para "despejar el terreno" a la acción revolucionaria del Gobierno mientras, por puro show, el mismísimo Presidente propone una "rebajita" de los sueldos y salarios de todos los funcionarios para demostrar el espíritu austero de los "nuevos patriotas". Pero hay más. Amenaza con frecuencia a enemigos ficticios, nacionales e internacionales, mientras convoca a alguno de ellos a jornadas conciliatorias (caso Obama). Pero, el show continúa. Hace gala de libertador infalible ante el furor de los lisonjeros que hasta lo reverencian como "la voz del pueblo"; o como lo calificaría la inefable y espuria Jacqueline Faría: "el dedo del pueblo".

Cuarta fase. Cuando las formas anteriores se agotan y la gente comienza a sentir que no hay respuestas contundentes a los graves problemas del país, se recurre entonces a la última y tenebrosa fase: la opresión y la represión. La sentencia contra los comisarios de la PM, la persecución contra Rosales y Baduel entre muchos, el acoso hacia Ledezma, la amenaza de cierre de los medios "no complacientes", la intimidación hacia los sindicatos, la prevaricación policial contra todo lo que moleste al régimen, no son conjeturas. Todo se enmarca en una realidad palpable orientada a sembrar miedo colectivo. Hacia allá se dirige la Ley de Contrainteligencia próxima a aprobarse.

Es en este punto en que la democracia pierde rigor y se convierte en absolutismo: sistema político que confiere todo el poder a un solo individuo. Hoy la doctrina asocia el término casi con exclusividad con los gobiernos dictatoriales. Y es así porque el desprecio por las instituciones requiere de un poder ilimitado que exalte al autócrata. No se trata del absolutismo nacido en los estados nacionales europeos a finales del siglo XV sino de la versión latinoamericana del siglo XIX.

La autocracia tradicional en América Latina tenía un carácter conservador, campesino y latifundista, representante de las oligarquías criollas más tradicionalistas. A lo largo del siglo XX adquirió formas autocráticas y dictatoriales más sofisticadas de carácter militarista e intuitivo. Ese es el modelo ideológico que está en marcha bajo el eufemismo de socialismo del siglo XXI. No es más que un esquema dictatorial conducente a la barbarie y el atraso. ¿Seguiremos siendo resbaladizamente pasivos?


Miguel Bahachille
El Uniersal