miércoles, 26 de diciembre de 2007

A la luz del menorá de la Casa Blanca


"Al encender las velas de Janucá este año rezamos por aquellos que aún viven bajo la sombra de la tiranía”.



La séptima noche de la reciente Janucá, yo estaba en la Casa Blanca. El Presidente y la Primera Dama han convertido en tradición anual celebrar una comida de Janucá además de las fiestas de Navidad acostumbradas de la Casa Blanca, y mi esposa y yo fuimos honrados con una invitación a la recepción de este año. Fue un evento agradable y festivo en todos los sentidos.

La séptima noche de Janucá (Hanukkah) de 1944, mi padre estaba en Auschwitz. Había sido deportado con sus padres y cuatro de sus cinco hermanos al campo de exterminio Nazi ocho meses antes; por Janucá, solamente mi padre estaba vivo aún. Ese año, no encendió ninguna luz de Janucá. En Auschwitz, donde cualquier cosa y todo se castigaba con la muerte, cualquier judío sorprendido practicando su religión podía contar con ser enviado a las cámaras de gas, o fusilado al momento.

Al igual que las demás fiestas judías, Janucá era elegida deliberadamente con frecuencia por los Nazis como ocasión para matar judíos. En "Cuentos hasídicos del Holocausto", el historiador Yaffa Eliach recuerda una de esas matanzas:

"Los hombres elegidos fueron despachados al exterior. Efectivos de las SS aguardaban con porras de goma y herramientas de hierro. Golpearon, machacaron y torturaron a las inocentes víctimas. Cuando el cuerpo torturado ya no respondía, se utilizaba el revólver... La brutal masacre continuó en los exteriores de los barracones hasta el ocaso. Cuando [los Nazis] se fueron, dejaron atrás montones con cientos de cadáveres torturados y retorcidos”.

La séptima noche de la reciente Janucá, yo estaba en la Casa Blanca. El Presidente y la Primera Dama han convertido en tradición anual celebrar una comida de Janucá además de las fiestas de Navidad acostumbradas de la Casa Blanca, y mi esposa y yo fuimos honrados con una invitación a la recepción de este año.

Fue un evento agradable y festivo en todos los sentidos. También fue inconfundiblemente judío, desde el generoso buffet preparado en una cocina de la Casa Blanca de manera meticulosamente kosher hasta las canciones hebreas interpretadas por Zamir Chorale, pasando por varios cientos de invitados procedentes de todos los ámbitos de la comunidad judía norteamericana. Hubo hasta un espontáneo servicio de oración en el Salón Verde, donde en un momento dado alrededor de dos docenas de invitados se congregaban para el Ma'ariv, la oración judía de la noche. Todo esto en una Casa Blanca exquisitamente adornada para Navidades y ocupada por un presidente que es cristiano devoto. Es difícil imaginar una ilustración más conmovedora de la cultura norteamericana de tolerancia y libertad religiosas.

Al caer la tarde había tenido lugar el encendido de la menorá en el vestíbulo de la Casa Blanca. Janucá conmemora la victoria de los judíos que lucharon hace mucho por preservar su identidad religiosa frente a un gobierno opresor decidido a borrarlos del mapa, y el Presidente Bush habló de la lucha por la libertad religiosa en curso hoy. "Al encender las velas de Janucá este año", decía, "rezamos por aquellos que aún viven bajo la sombra de la tiranía”.

Describió sus reuniones en privado previas del día con un reducido grupo de inmigrantes judíos en Estados Unidos.

"Muchos de estos hombres y mujeres huyen de la opresión religiosa de países como Irán o Siria o la Unión Soviética", decía Bush. Entre los asistentes se encontraba Ruth Pearl, natural de Bagdad, que tenía 15 años cuando su familia -- al igual que tantas otras familias judías del mundo árabe -- era obligada a huir de Irak.

Su marido Judea y ella, los padres del reportero asesinado del Wall Street Journal Daniel Pearl, habían acudido a la Casa Blanca con su menorá familiar, que el tatarabuelo de Daniel, Chayim, se había llevado con él al escapar de Polonia con destino a Palestina en 1924. Daniel fue asesinado en el 2002 por terroristas islamistas en Pakistán; su único crimen, observaba Bush, "fue ser judío norteamericano -- algo que Daniel Pearl nunca negaría”.

Auschwitz, Bagdad, Polonia, Pakistán: en tantos lugares, a lo largo de tantas generaciones, ser judío ha significado estar oprimido, aterrorizado y excluido. Más que la mayoría de los pueblos, los judíos saben lo que significa ser una minoría odiada y perseguida.

Y más que la mayoría por tanto, ellos tienen razones para estar profundamente agradecidos a Estados Unidos y sus bendiciones. América es lo que los sabios judíos llamaban “maljut shel jesed” -- una nación benévola y generosa. En la larga historia de los judíos, Estados unidos ha sido un asilo virtualmente sin paralelo. En ninguna parte de sus éxodos los judíos han conocido tanta libertad, paz y prosperidad.

Así que la semana pasada daba un paseo por la Casa Blanca, mirando los retratos de anteriores presidentes y primeras damas y escuchando a la orquesta de los Marines tocar “I have a little Dreidel”. A la luz del menorá de la Casa Blanca pensé en mi padre y en la inimaginable distancia desde el infierno que él conoció en 1944 hasta este lugar de alegría y calidez que encontré en el 2007. Me embargó una sensación de gratitud tan intensa que durante un momento estaba demasiado emocionado para hablar. Ser norteamericano y judío es verdaderamente ser bendecido dos veces.


Por Jeff Jacoby

http://www.diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=2969