jueves, 6 de diciembre de 2007

Ortega siguiendo el patrón revolucionario


Nada nuevo, lo mismo de siempre.


Los nuevos tiempos se caracterizan por el rechazo más absoluto por los golpes de Estado, así que toda esta chusma que está castigando América Latina invoca constantemente la democracia, además de utilizar todos los resortes que existen en una verdadera democracia para ir cambiando las tornas hacia el nuevo régimen

Suele ser común en el discurso revolucionario de origen marxista-leninista, unos ciertos patrones que hace que se identifique enseguida la naturaleza del mandatario y del régimen que quiere imponer. Frente a lo que puede ser una verdadera incógnita en política sobre el futuro de las medidas a adoptar por parte del político de turno, el discurso revolucionario no deja lugar a dudas. Es el caso de Daniel Ortega cuyos precedentes despejan además, y sobre todo, de qué calaña está hecho.

El leninismo aplicó en nombre del pueblo medidas totalitarias, y la retórica parece no haber remitido, sobre todo en América Latina. El pueblo parece ser la excusa perfecta para perpetrar cualquier cosa en nombre de esa santa masa abstracta y por tanto etérea. Y la falta de memoria que azota América Latina parece corroborar todos estos malos augurios de más colectivismo.

No hay que olvidar que muchos de estos dictadores en ciernes llegan por la vía democrática, para una vez dentro cargarse cualquier vestigio no sólo de democracia, sino de Estado de Derecho. Y es que se suele utilizar bastante mal la palabra “democracia”. No son pocos, incluidos los Padres Fundadores, los que tomaron ciertas precauciones ante lo que se conoce como la “tiranía de la mayoría”. Así, en nombre de lo colectivo se pueden y de hecho se han cometido todas las barbaridades que el hombre puede recordar en la Historia moderna. Incluso el nazismo invocaba el bien común, basado en su caso en la raza y el destino del pueblo alemán.

La democracia debe ser un medio, nunca un fin. Las repúblicas socialistas se tildaban y enorgullecían de democráticas aunque de ello tuvieran bastante poco, organizadas en un único partido donde por medio de unos comisarios del “pueblo”, se hacía efectiva esta “democracia”.

Los nuevos tiempos se caracterizan por el rechazo más absoluto por los golpes de Estado, así que toda esta chusma que está castigando América Latina invoca constantemente la democracia, además de utilizar todos los resortes que existen en una verdadera democracia para ir cambiando las tornas hacia el nuevo régimen.

Por eso el Estado de Derecho es la máxima garantía, pues respeta la individualidad de cada uno, limita las expropiaciones de todo tipo, y restringe el papel del Estado debiendo ajustarse el propio Estado al Derecho. El Estado queda por tanto subordinado a la Ley y nadie está por encima.

Sin embargo como es el caso de las dictaduras emergentes o democracias populistas, todo el poder se extrae fruto de esa hipnosis colectiva que los dirigentes derrochan. La gente parece creer en los utopismos, en la rápida consecución de la riqueza abrazando las supuestas alternativas al capitalismo para llegar a la prosperidad. Y ese camino es la ruta hacia el abismo, pues un vez dentro los demagogos sin escrúpulos irán intentando realizar los cambios pertinentes como las muy de actualidad reformas constitucionales (Venezuela, Bolivia, etc). La mayoría se convierte en el brazo legitimador de cara a la persecución de la clase política opositora, incluso a través de los medios más arcaicos como son el asesinato, la violencia general y por lo tanto el terror; eliminan los medios de comunicación “enemigos del Estado o del pueblo”, y poco a poco la débil democracia se va convirtiendo en una dictadura de facto, todo ello siempre bien aderezado con continuas invocaciones al “pueblo”.

Daniel Ortega utiliza los mismos argumentos de siempre cuando llama terroristas a la oposición, y cuando tilda de “terrorismo mediático” a los medios que no le bailan el agua. Y es que la izquierda ha sido la primera que no sólo ha usado el terror sino que ha utilizado el poder de la propaganda para su causa, lo que incluye el secuestro de la libertad de opinión para sus propósitos con el objetivo de lanzar consignas propagandísticas para ganar la primera gran batalla, la mente del futuro esclavo del Estado.

Juan Antonio Alonso


http://www.diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=2808