miércoles, 9 de abril de 2008

Las confesiones de McCain


Getty Images
John McCain habla durante un acto en la academia naval de Annapolis, Maryland, donde cursó estudios.


Las confesiones de McCain

Con los dos brazos levantados a media altura para que el detector de metales pueda recorrer su cuerpo antes de emprender la escalerilla del avión, John McCain tiene un aire vulgar, casi ridículo.
Vanidad, arrogancia y ternura Las heridas sufridas durante su cautiverio en Vietnam le impidieron la plena movilidad de los hombros y le confirieron para siempre una pose ligeramente cómica que ya forma parte de su personalidad.

Recostado, después, en su asiento, luchando con una bolsa de patatas y resoplando por encontrar hueco para el equipaje de mano, el respetado héroe nacional se hace carne y el viejo John, en mangas de camisa, surge con toda su mundana naturalidad.

A los 71 años, ha emprendido un viaje crucial en su vida. La ruta hacia la Casa Blanca está llena de obstáculos y sólo puede haber un ganador. Pero no es la primera ni quizá la última misión arriesgada a la que tiene que hacer frente.

Forjado en la aventura y amante de los desafíos de toda índole, el historial de McCain se corresponde con el de un galán del cine de los cuarenta, también en toda su gama de vanidad, arrogancia y ternura. Ese historial es el mejor argumento de su campaña electoral.

Por eso, durante una semana, el candidato republicano ha intentado exponerlo al país en una gira que empezó en Alexandria, Virginia, donde cursó su enseñanza media en una escuela de ricos, y concluyó ayer en Arizona, estado al que representa en el Senado de la nación. EL PAÍS ha estado entre un reducido grupo de periodistas que le ha acompañado constantemente.

McCain dice que es un héroe a su pesar y un patriota tardío. "Mis cuatro años en la Escuela Naval no se caracterizaron ni por una conducta ejemplar ni por grandes logros académicos. Más bien por lo contrario, por un impresionante catálogo de faltas", confiesa ante un grupo de oficiales y alumnos en Annapolis, Maryland.

Recuerda que el discurso de su graduación lo pronunció Dwight Eisenhower, pero no recuerda nada más porque, por aquellos tiempos, estaba más preocupado de las celebraciones que venían a continuación. "Todo mi interés en ese momento", afirma en otra conversación, estaba centrado en cultivar una imagen irresistible, especialmente para las mujeres".

Algunas tabernas andaluzas y los casinos de Capri y Montecarlo quizá recuerden todavía su paso por allí en los días de permiso cuando, en los primeros años sesenta, surcaba el Mediterráneo a bordo de los portaviones Intrepid y Enterprise.

Y los que, sin duda, lo recordarán serán las cientos de familias españolas que se quedaron sin luz cuando el avión pilotado por McCain, "volando a baja altura por no buenas razones", según él mismo reconoce ahora, destrozó varios postes eléctricos.

Su abuelo, el almirante John Sidney McCain, es retratado por el propio senador como un hombre que no perdía una oportunidad de apostar, beber, fumar o exclamar al cielo. Y el padre del candidato, John Sidney McCain junior, tuvo un paso por Annapolis tan desastroso como su hijo tendría después.

McCain refleja más admiración por el primero de la saga, un hombre fuerte y decidido del que ha heredado su audacia y su mal carácter, que por su propio padre, otro almirante con exitosa carrera pero oscurecido siempre por la sombra de su poderoso antecesor.
Cuando el abuelo McCain murió, un íntimo amigo de él, el célebre almirante William Halsey, agarró al joven vástago, entonces un muchacho de 17 años, con la promesa de transmitirle las mejores enseñanzas del laureado difunto. "Muchacho, ¿tú bebes?", le preguntó. "Tu abuelo siempre bebía bourbon con agua. ¡Camarero! Tráigale un bourbon con agua al chaval".

La anécdota ilustra el mundo marinero y rudo en el que McCain creció. Pero la verdad es que el alcohol fue un serio problema en la vida de su padre y lo fue también en la juventud del actual candidato republicano.

"Yo estaba fascinado por el romanticismo de la vida militar y permanentemente me esforzaba en cumplir con esa imagen; yo en realidad jugaba a ser un militar", cuenta en Pensacola, Florida, adonde el oficial de la Armada McCain llegó, después de graduarse en Annapolis, para ser adiestrado como piloto.

John McCain se siente a gusto entre una audiencia reducida, ya lejos de su juventud y con tantas cicatrices de guerra como él. Durante 200 años de la historia norteamericana, siempre ha habido un McCain de uniforme.

Un hijo del senador sigue la tradición. Sus raíces militares han marcado su carácter en todos los sentidos. Un vídeo que exhibe a su público y que recoge lo esencial de su biografía está salpicado de cinco consignas: tradición, valor, honor, sacrificio, gloria.

Pero McCain intenta no repetir esas palabras como conceptos vacíos -"la gloria no es una condecoración"-, sino como los valores de los que se ha servido para conocer a su país y comprender el papel que a él personalmente le tocaba desarrollar.

"En las Fuerzas Armadas", relata en Pensacola, "conocí la excepcionalidad de América, un país que no está enraizado en la tierra o en la sangre, sino en una idea, una noble e inspiradora idea".

Por esa razón entendió también que "la defensa de mi país no sólo es importante para la seguridad de mis compatriotas; es importante para el mundo, para hacer avanzar en un entorno hostil los ideales que creemos universales". "Yo fui parte de esa gran causa", afirma.

El joven oficial fue destinado al mando de un escuadrón en la base de Cecil Field, en Jacksonville, Florida, después de haber conocido de cerca la tensión de la guerra como piloto del portaviones Enterprise durante la crisis de los misiles en Cuba. McCain había madurado. "Yo era ya otra persona", recuerda ahora en esos mismos hangares. "Ya había entendido que el amor a mi país no es otra cosa que el amor a mis compatriotas".
Pero las mayores enseñanzas, por supuesto, vendrían después, cuando, con poco más de treinta años, un primer matrimonio y una hija a la que apenas había conocido, el avión que pilotaba fue derribado sobre Vietnam y él fue hecho prisionero.

"Nunca me he sentido más libre que entonces", asegura. "Nunca me he sentido más poderosamente libre, más yo mismo, que cuando era una pequeña parte de una resistencia organizada contra el poder que nos tenía presos".

Aquello, obviamente, acabó con cualquier romanticismo. El aventurero McCain regresó de Vietnam físicamente maltrecho y espiritualmente transformado, quizá convertido ya en un político, y en un político muy especial. "Detesto la guerra", dice en Jacksonville a una audiencia mayoritariamente militar, incluidos varios uniformados. "Ni el valor con el que se combate ni la nobleza de la causa a la que se sirve pueden justificar la guerra".

El político McCain conserva, no obstante, el atrevimiento de sus años militares. No puede entenderse de otra forma su aparición en Memphis en la celebración del 40º aniversario del asesinato de Martin Luther King para reconocer ante un público poco comprensivo: "Todos tardamos a veces en hacer las cosas de forma correcta. Yo cometí un error tiempo atrás cuando voté en contra de convertir el día de Martin Luther King en fiesta nacional".

Ése es un ejemplo de la particularidad de McCain como político, un tradicionalista, pero un extraño conservador que ahora, agobiado por la presión electoral, intenta identificarse con esa etiqueta.

Por eso culmina esta gira en Prescott, Arizona, escenario de un famoso discurso de Barry Goldwater, el patrón del conservadurismo norteamericano del siglo XX. "Soy un conservador", asegura McCain, "y creo que es muy saludable que los norteamericanos sean escépticos sobre la actuación del Gobierno. Pero cuando el escepticismo se transforma en cinismo, se acaba con el valor de la ciudadanía".

Antonio Caño
El País, España

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