sábado, 26 de julio de 2008

Zapatero, balón de oxígeno a Chávez


La visita de Hugo Chávez a España es una de esas decisiones extravagantes del Gobierno socialista que han sumido la política exterior española en un estado de confusión y error continuado. Aunque sean personajes muy dispares y se hallen en planos políticos no equiparables, hay motivos suficientes para preocuparse de que sea el autócrata venezolano y no el candidato demócrata a la Casa Blanca, Barack Obama, quien quiera venir a España. El Gobierno de Rodríguez Zapatero ha dado a Chávez un balón de oxígeno para que éste reconstruya su imagen internacional.

Desde la Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile, donde su facundia incontrolable encontró la adecuada respuesta de Don Juan Carlos, Hugo Chávez ha jalonado su gestión con clamorosos fracasos. Perdió el referéndum de reforma constitucional con el que pretendía consolidar su régimen socialista.

Se embarcó en un disparatado protagonismo mediador con los terroristas de las FARC, en medio de pruebas crecientes de su apoyo político -como mínimo- a este grupo narcoterrorista, que estaba, a mayor abundamiento, en cooperación «logística» con ETA. La liberación de Ingrid Betancourt y los golpes del Ejército colombiano a la cúpula de las FARC decantaron definitivamente a la opinión pública internacional a favor del presidente colombiano, Álvaro Uribe, en la misma medida en que las artimañas de Chávez para desestabilizar al país vecino perdían fuerza y quedaban al descubierto.

Estos antecedentes han forzado a Chávez a bajar su furor verbal, pero más por razones de táctica oportunista que por una voluntad real de rectificar su política autocrática, populista e intervencionista. El Gobierno de Rodríguez Zapatero ha hecho un gran favor al presidente venezolano dándole una alternativa diplomática con su visita a España y proporcionándole una coartada propagandística para enderezar -al menos, para intentarlo- su deterioro ante la comunidad internacional.

Es evidente que España debe procurar mantener las mejores relaciones con los países iberoamericanos, pero siempre dentro de unas exigencias mínimas de respeto recíproco y de coincidencia en valores básicos. Cuando nada de esto se cumple, las relaciones deben adoptar otro tono, que no necesariamente deben ser de ruptura, pero sí, al menos, de firmeza, sobre todo con personajes que, además de practicar políticas internas e internacionales contradictoras con los principios democráticos y de no injerencia, son poco dados al entendimiento de las convenciones diplomáticas y del lenguaje protocolario.

Por lo que se ve, el Gobierno socialista no ha aprendido lo suficiente en su primer mandato sobre los daños que han ocasionado a la posición internacional de España sus devaneos con autócratas populistas e indigenistas de Iberoamérica. La visita de Chávez ratifica esa inexplicable querencia de Rodríguez Zapatero por los gobernantes menos democráticos del continente. Sí son explicables las consecuencias de esta forma de gestionar los intereses internacionales de España, que tiene su continuidad en la poca confianza que inspira el Gobierno a sus aliados occidentales -si Obama quiere más soldados para Afganistán, ¿por qué no ha venido a España, que tiene desplegado un importante contingente en el país asiático?-; o en los errores de elección de socios en Europa, basada inicialmente en un puro seguidismo antiatlantista -con Schröder y Chirac- y rectificada a duras penas tras la llegada de Angela Merkel y Nicolas Sarkozy al poder en Alemania y Francia.

La relación de España con Iberoamérica debe ser privilegiada y ha de asentarse en el reconocimiento del patrimonio histórico y cultural común, y en el capital de oportunidades económicas que ambas partes pueden explotar conjuntamente. La inmigración, por otro lado, es un reto bilateral que no puede recaer sólo en España. La proximidad de los bicentenarios del proceso de independencia de Iberoamérica es un motivo añadido para reforzar los vínculos y superar las discrepancias, tarea que exige un esfuerzo diplomático serio por parte de España y una dirección política del Gobierno socialista que sea capaz de distinguir entre un aliado democrático respetable y un gobernante locuaz y con tendencias dictatoriales, por muy socialista que se proclame.


ABC (España)

http://www.megaresistencia.com/portada/content/view/2842/1/