viernes, 14 de septiembre de 2007

Reforma, militarismo y el palo del pueblo


La actual dinámica política local, marcada por la impronta del caudillismo militarista, es una continuación y no una ruptura de las matrices culturales que cimentaron la venezolanidad durante el siglo XX. Durante ese período, 51 años fuimos gobernados por líderes autoritarios cuya legitimidad provenía de su raigambre castrense y su capacidad para ejercer el gobierno "con mano dura". Esto nos legó una tradición militarista expresada en una diversidad de fenómenos y de la cual han sucumbido, dicho para simplificar, tanto la "derecha" como la "izquierda".
Bastante se ha expresado que la vía privilegiada de acceso al poder han sido los golpes de estado, lo que da cuenta de la estructura política e institucional de nuestra sociedad. La asonada del 4 de Febrero y el "goteo militar" de Plaza Altamira, una década después, están unidas por el cordón umbilical de un modo de pensar y de hacer que atraviesa todas las clases sociales.

Si entendemos por "revolución" un cambio radical de las estructuras y tradiciones que la precedieron, en nuestro contexto sería el apoyarse en lógicas y formas de organización antagónicas a las Fuerzas Armadas. Uno de los consensos de buena parte de los movimientos sociales globales contemporáneos apunta en este sentido. El ejército es un dispositivo que concentra antivalores: organización vertical, obediencia incontestable, homogeneización del pensamiento, machismo, xenofobia, primacía de la violencia para la solución de conflictos y el uso permanente de la dicotomía amigo-enemigo.

Esta discusión es pertinente para enfocar el cambio de los artículos 328 y 329 propuestos en la reforma constitucional. Los mismos suponen un cambio estructural de las FAN en sus funciones, imponiéndoles la participación permanente en tareas de seguridad ciudadana y conservación del orden interno. Esto supone asumir funciones que hasta hoy eran desarrolladas por las policías, y de las cuales participaban de manera extraordinaria. El cambio legalizará las predecibles violaciones a los derechos humanos a cargo de una estructura no educada para tratar con civiles, sino para enfrentar militares enemigos. Los desaparecidos del Caracazo deberían recordárnoslo con su silencio.
Se equivocan quienes ven en el policlasismo castrense una oportunidad para la "revolución". Olvidan que las propias Fuerzas Armadas se configuran como una clase diferenciada –y privilegiada- de los "civiles", respondiendo al "espíritu de cuerpo" para ejecutar la violencia institucionalizada estatal. La incorporación ciudadana a través de las milicias es un paso más en la militarización social, exacerbando la matriz cultural que ha regido a Venezuela desde un siglo atrás. Que se adjetive de "patriótico, popular y antiimperialista" será un eufemismo de la represión del disenso interno. Un ruso gigante por su tamaño y por sus ideas, Miguel Bakunin, expresó al respecto un axioma irrefutable: "El pueblo no se sentirá mejor si el garrote que le pega lleva el nombre de palo del pueblo".

Rafael Uzcátegui*

Soberania.org -

[*] Rafael Uzcátegui es coordinador de medios de la ONG en Derechos Humanos Provea (www.derechos.org.ve) y miembro de la redacción de El Libertario (www.nodo50.org/ellibertario)