martes, 31 de marzo de 2009

El abismo del siglo veintiuno


Otro "mar de alegría"



“La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente”

Simón Bolivar

Históricamente la izquierda dudosamente democrática –en cualquiera de sus expresiones- ha dado rendidas muestras de su enfermiza y demagógica animadversión hacia los derechos y libertades que deben inspirar la convivencia pacífica entre los ciudadanos y el desarrollo de los pueblos. Este planteamiento tan ortodoxo como execrable se ha convertido en una constante que ha marcado el devenir de Latinoamérica, llegando a configurar no solo una seña de identidad, sino también un factor clave para comprender el retraso que han sufrido, y padecen en la actualidad, buena parte de los países del subcontiente.

La doctrina se construye a partir de una serie de falacias -portadoras de la más irreverente de las demagogias-, que se conectan estratégicamente entre sí para justificar y derivar finalmente en la aplicación de recetas ideológicas insuficientes, trasnochadas y claramente fracasadas a lo largo de décadas.

Se trata de una característica propia de esos regímenes “salvadores de patrias” que se relaciona irremisiblemente con el frontal desprecio a la universalidad y vigencia de los valores occidentales como verdadera expresión del espíritu del pueblo.

Así, el victimismo inocente o la imputación de su retraso social y económico a causas exógenas – la culpa siempre es de otro- constituyen elementos permanentes y superpuestos de ese falso argumentario repetido de forma obscena hasta la saciedad y estratégicamente utilizado por unos dirigentes – curiosamente iluminados por una especie de gracia cósmica- como trágica justificación para aplicar políticas intervencionistas y netamente sectarias.

Una teoría mítica, inútil y radicalmente falsa, que encuentra su fundamento en lucubraciones utópicas de origen marxista reducidas a la simple negación de la libertad.

Se niega el liberalismo y los derechos asociados a éste, incluídos los económicos – característica común a los gobiernos radicales de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua o Cuba- creando un escenario político de arbitrariedad constante y un preocupante deterioro del sistema democrático, que poco a poco va perdiendo si vigencia.

La lista de prejuicios es tan larga como tendenciosa su formulación y constituye una forma de seña de identidad común a todas esas naciones, aunque –eso es cierto- se apliquen en mayor o menor medida atendiendo al grado de aceptación del sistema capitalista –recordemos, no todas las izquierdas son iguales-

Negación de la sociedad “versus” exaltación del Estado. Al igual que los regímenes fascistas europeos implantados en el periodo de entreguerras, en el siglo XX, los radicales y populistas gobiernos de izquierda latinoamericana entienden que el Estado está obligado a cumplir la misión de ser el principal agente económico del país. En consecuencia es éste el que ejerce el control del mercado y la economía desde la planificación y el intervencionismo en la totalidad de los sectores productivos.“El Estado, que todo lo puede, provoca esa especie de ensoñación en el pueblo. Unos ciudadanos que terminan por concebir la falsa e irresponsable creencia de su incapacidad manifiesta para decidir sobre su presente y su futuro y que convencidos de su incompetencia terminan por ceder todos los poderes "al elegido", porque es el único capaz de recuperar el honor perdido y realizar un justo reparto de la riqueza nacional".Esta tesis, sobre la que se asienta el neopopulismo, cuenta con el apoyo de amplios sectores de la izquierda del mundo occidental, concentrada en los movimientos antiglobalización y cierto número de irresponsables ongs que, con los frutos del capitalismo, dan una cobertura consciente e inadmisible a los enemigos de la libertad

Nacionalismo a ultranza “versus” globalización. La postura nacionalista tiene su origen en la negación de cualquier valor que provenga del primer mundo capitalista, lo que en economía implica la búsqueda de la autosuficiencia autárquica y la aplicación de medidas proteccionistas que defiendan los intereses generales de la nación. Todo se construye demagogicamente hacia dentro, rompiendo con la conexión global -a excepción de los vínculos con otros países que se nutran de la misma ideología-. Ese nacionalismo a ultranza constituye la principal razón por la que los regímenes de la izquierda radical latinoamericana reniegan abiertamente de los Tratados de Libre Comercio y de la consecuente apertura económica al mundo. Sin embargo, y dadas las características globales de la actividad comercial, financiera y económica internacional, si recurren a acuerdos con los países ideológicamente similares –con resultados manifiestamente negativos, en la mayoría de los casos- para poder dar salida a la producción de bienes patrios. Es el caso del ALBA , acuerdo que ha nacido herido de muerte, y del que poco se puede esperar en un futuro – como muestra los intercambios comerciales entre Bolivia y Cuba en el año 2007 ascendieron a la cifra de 5.000 $ USA-

Adoctrinamiento anti-norteamericano. EEUU – conocido como el imperio- es el enemigo común a batir y el origen de todos los odios y fobias de los oportunistas gobernantes de esa izquierda latinoamericana. La tesis se enmarca en la necesidad de encontrar una causa externa que justifique su situación sin la necesidad de realizar una mirada retrospectiva a su propia historia, y menos aún un sincero análisis de su dudosa forma de gobierno. Los EE.UU representan, para ellos, la peor expresión del deshumanizado capitalismo, una formulación que se sustenta en un ingente gasto propagandístico y en la desinformación a la que está sometida la ciudadanía común. En cualquier caso el gobierno americano sería el culpable directo de la pobreza en el mundo – por supuesto también de la suya- , además del creador e instigador de una suerte de fuerzas ocultas que tratan de apropiarse de la riqueza planetaria. Nada dicen del sagrado respeto a los principios de la libertad y la democracia que rige en el país norteamericano, y tampoco de la cantidad ingente de ciudadanos latinos que se han visto en la obligación de emigrar a “la tierra de las oportunidades”,tesitura impuesta por las dificultades que han atravesado y atraviesan actualmente sus naciones de origen. En el ámbito económico ese antiamericanismo militante queda diluido por la lógica necesidad de fomentar los intercambios comerciales con la – hasta el día de hoy- primera potencia del mundo, cuestión que indefectiblemente tiene que traducirse en un doble y perverso discurso – el caso de la revolución bolivariana de Hugo Chávez Frías, cuyo primer cliente en la venta de petróleo no es otro que el malévolo imperio americano. Sin duda lo que deberían hacer es imitar el modelo estadounidense para estar a su nivel de desarrollo o superarlos, porque lo evidente e innegable es que la nación americana -como primera potencia mundial- ha reencarnado hasta nuestros días la defensa del sublime valor de la libertad frente a las distintas formas totalitarias…. Si no fuera cierta esta afirmación cabría preguntarse el lugar que estaría ocupando la Europa de hoy después de sufrir la amenaza nazi y la imposición del imperialismo soviético – de existir dos imperialismos éste es el peor-

Antioccidentalismo. El antiamericanismo es un concepto subsumido en una formulación de mayor complejidad, que comprende la animadversión manifiesta hacia todo lo que simboliza y representa la cultura occidental. Un sistema de principios y valores universales sobre los que se han construido la totalidad de las naciones latinoamericanas y que incomprensiblemente es rechazado por esos dirigentes de izquierda en un falso empeño por transgredir la realidad histórica propia. Se trata de la eterna lucha entre la sociedad abierta y civilizada y el totalitarismo más oscurantista que hace todo lo posible por enterrar una identidad iberoamericana expresada en instituciones, leyes y libertades, y que abunda en el concepto de la esencial dignidad del ser humano. Indudablemente los daños causados por sus políticas económicas están alcanzando una magnitud que hará muy difícil su erradicación, sobre todo porque esos dirigentes han sido revestidos de una presunta áurea democrática por el simple hecho de haber vencido legitimamente en las urnas, lo está causando estragos considerables en la convivencia pacífica y crecimiento real de sus economías.

Intervencionismo económico “versus” sistema de libre mercado. Es la consecuencia lógica de lo expresado con anterioridad e implica un claro y manifiesto retroceso en la confianza en un sistema en el que las palabras de uso tan corriente como capital, capitalismo o propiedad privada están vetadas. En este caso el Estado decide de forma arbitraria cuales son las necesidades del mercado, que es lo que debe producir y como se van a satisfacer sus necesidades. Entonces –siempre por decreto- se intervienen los precios de forma ficticia, abordando un proceso que implica la determinación de los salarios, la expansión del gasto público, la sustitución de importaciones y la prohibición de las exportaciones de determinados productos, además de la limitación a salida de divisas del país, todo ello bajo el falso eufemismo de “medidas correctoras” o “ajustes necesarios”. La hoja de ruta de esta trasnochada izquierda también implica un anómalo sentimiento colectivista y revolucionario de la nación que en economía se traduce en la plena abolición de la propiedad privada , la nacionalización de los recursos naturales y la colectivización de las tierras, sometidas con anterioridad a continuas y fracasadas reformas agrarias. Se trata de abordar un proceso que busca la eliminación de la iniciativa privada, el esfuerzo y el beneficio, vocablos totalmente vetados por los mesiánicos dirigentes neoestatalistas.

Los resultados son perfectamente medibles, basta con analizar los datos macroeconómicos de un país como Venezuela, al que el sátrapa Chávez está llevando a una de las más espantosas e históricas ruinas – a pesar de contar con la importante fuente de ingresos petrolíferos-. En este sentido Oliver Laufer, en su ensayo “Los resultados del chavismo” señala las nefastas consecuencias económicas derivadas de la instauración de cualquier régimen que se precie de imitar al venezolano: a)devaluación de la moneda; b)gigantismo estatal y crecimiento de la burocracia; c)aumento desmesurado del gasto que crece en paralelo al aumento de los impuestos; d)aumento de la deuda externa venezolana; e)aumento del desempleo; f)proteccionismo económico con elevados aranceles a la exportación e importación; g)despilfarro, en especial, propagandístico.

Proselitismo como práctica habitual. Cualquier régimen neopopulista y radical de la izquierda latinoamericana está obligado a garantizar su permanencia en el poder. No se trata de una cuestión difícil si se toma en consideración el escaso o nulo respeto que sus líderes profesan al sistema de libertades. En este sentido las tácticas revolucionarias empleadas en todos los ordenes abarcan un extenso catálogo de arbitrariedades e ilegalidades que responden al maquiavélico lema de “todo vale con tal de alcanzar los objetivos”. Entre las más habituales se encontrarían la coacción y la amenaza, la practica del nepotismo o la concesión de dádivas y subsidios a clases populares y empresarios cuyas simpatías y afinidades políticas intentan concitar por este medio con la finalidad de convertirlas en la principal fuente de apoyo a sus dogmas. El mandatario populista de izquierdas no pretende aplicar las tesis marxistas en estado puro, -aboliendo el sistema de mercado-,, lo que hace es manipular a su antojo el presupuesto y las medidas proteccionistas para establecer una suerte de dirigismo mediático alimentado por esas alianzas. Los que no aceptan el nuevo juego de fuerzas quedan automáticamente relegados a un segundo plano e indefectiblemente pasan a engrosar las cada vez más extensas listas de antipatriotas y apestados del régimen. A muchos de ellos solo les resta abandonar el país autoexiliandose en el exterior… los que se quedan sufrirán el odio de clases alimentado por el discurso demagógico reinante.

Construcción de falsos mitos que sustentan la base emocional de la ideología. Históricamente la izquierda más radical y revolucionaria - Latinoamérica no podía ser menos- ha edificado su doctrina política sobre una suerte de falacias y falsedades que han logrado alcanzar, con el tiempo, la categoría de mito. En su intento por explicar el mundo sus escasos y nefastos ideólogos han recurrido sistematicamente a la mentira demagógica como único resorte para martillear y después manipular la conciencia colectiva de la masa – ya se sabe, una mentira repetida mil veces se transforma en una verdad-.

Es éste el escaso o nulo legado aportado por el marxismo a la humanidad entera. Mitos certeramente desenmascarados y profundamente fracasados como la lucha de clases, la victoria final del proletario y su dominación del mundo, la bondad del hombre frente a la sociedad injusta que lo malea, o la ciega devoción al líder que nunca se equivoca siguen alimentando en la actualidad el caduco discurso de esos dirigentes trasnochados y contestatarios que se han propuesto cambiar el mundo desde la perspectiva colectivista, una respuesta cuasi religiosa de base emocional, rápida y sencilla, que poco o nada tiene que ver con la realidad del siglo XXI.

De entre todos los mitos alimentados por la izquierda revolucionaria latinoamericana quizás el más representativo, por su inalterable impacto social – en especial entre los jóvenes desconocedores de la verdad histórica-, haya sido la figura-icono del Ché Guevara, un personaje especialmente despreciable por su perfil proselitista y su arraigado e irracional sentido de la violencia revolucionaria – practicada hasta la saciedad por el comunista-burgués en todas formas posibles.

Estado Generalizado de Corrupción. Esos regímenes que alzaron su voz contra un sistema generalizado de corrupción, han instaurado un sistema perfectamente armado de prebendas y dádivas que favorecen exclusivamente a los suyos. Utilizando el maniqueo y poco sólido argumento de que el capitalismo es algo intrinsecamente malo, hacen uso de la legitimidad que le otorgan las leyes democráticas aún vigentes para manipularlas discrecionalmente a su antojo, eliminando cualquier vestigio de control sobre el ejercicio del poder.

Así, una vez liberados de ese pesado lastre, hacen y deshacen a su antojo, realizando una ímproba y constante labor de saqueo de las arcas del Estado, todo en nombre de ese pueblo al que van a liberar del yugo de la explotación y la pobreza.

Actualmente se puede observar el recurso habitual a estas prácticas en países como Venezuela o Bolivia, donde la corrupción se ha instaurado como una perversa y trágica constante en la acción de gobierno de unos irreflexivos dirigentes que cumplen estricta y fielmente el papel de dictadores benevolentes propio de la época del absolutismo ilustrado - “todo para el pueblo pero sin el pueblo”-

Son estas algunas de las notas que caracterizan al socialismo del siglo XXI como forma de gobierno, un sistema político de masas intrínsecamente perverso, presuntamente revolucionario, reduccionista y por ende manipulador.

La democracia necesita de tolerancia, pluralismo y respeto a la ley. Un sistema, que duda cabe, imperfecto, pero en el que las ideas políticas distintas, incluso las más extremas, pueden coexistir y competir por el poder sobre la base del respeto a los derechos y libertades fundamentales. Todo lo demás - se llame como se llame- no es otra cosa que una burda y grave imposición.


Por Gregorio Cristóbal Carle
Diario de América