martes, 31 de marzo de 2009

Gran Torino (2008)


Clint Eastwood se pasa buena parte de la película rugiendo. Nada más lógico, por otro lado, pues se trata de un viejo león que ya vislumbra próximo su fin, un león veterano de muchas batallas en la jungla humana, que prefiere morir en solitario, conservando cerca de sí los símbolos de su pasada jerarquía, tales como ese precioso Ford de 1972, modelo Gran Torino, que cuida con mimo y esmero, ya que no le queda nadie más a quien cuidar. ¿ Nadie ? A regañadientes, o tal vez no, Walt Kowalski, veterano de la Guerra de Corea, patriota americano (la bandera de las barras y estrellas preside la puerta de su casa, como en tantos otros hogares), antiguo operario de la Ford, viudo reciente y padre de dos hijos varones para los que ya no es sino un vestigio del pasado y un fastidio a evitar, va a llevar a cabo su última misión en esta vida: rescatar a Thao, un adolescente de origen asiático que vive en la puerta de al lado, de las garras de una pandilla donde está cursando un máster acelerado de delincuencia, y hacer de él un hombre de provecho, según su personal escala de valores . De sus hijos biológicos también logró lo mismo, pero con el tiempo ambos cachorros se han vuelto unos capullos. Y es que ya lo decía Billy Wilder : nadie es perfecto.

"Gran Torino", la última película - por ahora - de ese soberano del Cine que se llama Clint Eastwood, arranca en una iglesia, con el funeral de la esposa de este Walt Kowalski que ya ha entrado por derecho propio en el panteón de los héroes cinematográficos. Un héroe casi octogenario, achacoso y cascarrabias, un héroe solitario, chapado a la antigua y víctima de sus prejuicios - por lo demás comprensibles - , pero, ¡ cielos !, qué gran tipo...Habitante de un barrio que ya apenas reconoce, porque sólo lo habitan inmigrantes - otros rostros, otras voces, otros olores...-, únicamente aspira a que nadie venga a tocarle las narices mientras espera a la Parca, que es a lo que debería aspirar cualquier ciudadano libre y consciente que paga sus impuestos y quiere que el resto del mundo se meta lo menos posible en su castillo, que para Walt es su casa, el rectángulo de césped que esta tiene delante y, por supuesto, ese majestuoso Gran Torino que guarda en el garaje como oro en paño, junto con su impagable colección de herramientas. Pero las cosas casi nunca suceden como queremos, sino que acostumbran a sobrepasarnos y hacernos la puñeta, y Walt deberá de afrontar el que tal vez sea el último problema de su ya larga y fructífera vida. Todos los progres que en el mundo han sido se pasaron los años 70 llamándole fascista y lindezas parecidas a Clint Eastwood, a causa de la imagen que supuestamente proyectaba en sus películas. Como de costumbre, no entendieron nada, y a partir de los 80 tuvieron que envainársela y acabaron rindiéndose ante este individuo de más de 190 centímetros de altura, tan lacónico como sensible. Hoy Eastwood es una gloria viviente del Cine desde hace ya tiempo, y media docena de películas suyas - producidas, dirigidas e interpretadas por él - llevan ya el marchamo de obras maestras. En esencia no es más que un clásico, quizás el último eslabón de una cadena de realizadores americanos que empezó a forjarse con D.W.Griffith, y pasa por John Ford o George Stevens, hasta llegar a Steven Spielberg. No experimentan con la cámara - bueno, Griffith sí, que por algo fue el inventor de un lenguaje que ha llegado hasta hoy - , y se limitan a contar historias de seres humanos de carne y hueso, mediante una sucesión de poderosas imágenes con vocación de eternidad. Cuando del cine - con minúsculas - de esos mil y un geniecillos que ahora pretenden epatar con un tomavistas ya no quede ni la sombra de un recuerdo, las obras de estos titanes del Arte Popular seguirán paladeándose sin fecha de caducidad. Eastwood, por méritos propios, ha conseguido ingresar en esa élite de elegidos, y con "Gran Torino" nos ofrece retazos de la maestría que le ha encumbrado a los altares.

Lo mejor, con mucho, es el retrato entrañable e inolvidable de Kowalski, que viene a ser el paradigma de toda una generación de hombres que lucharon por su país, en los campos de batalla o en el trabajo diario, engendraron y educaron hijos para hacer de ellos buenos ciudadanos - aunque algunos les hayan salido rana -, y vivieron instalados en una serie de valores entre los que destaca la decencia, pero que un día se dan cuenta de que el mundo - que para ellos es su calle y poco más - ya no les pertenece, y se sienten dolorosamente extraños en su propio paisaje, al que le han cambiado el decorado hasta hacerlo irreconocible. Pero Walt, enfermo y condenado a plazo fijo, aun tiene la capacidad, la hombría de bien y la grandeza suficientes para seguir creciendo, vencer prejuicios, abrirse a los recién llegados - los suyos también lo fueron un día - y sacrificarse asumiendo un último deber, cumpliendo una postrera misión para que el Bien prevalezca. Porque, como dijo Edmund Burke, para que el Mal triunfe sólo es necesario que los buenos no hagan nada. Pero a este viejo y decrépito león aun le quedan en la recámara unos cuantos zarpazos...


Por Fernando Cuesta

Diario de América