sábado, 28 de marzo de 2009

La historia y sus “constructores”


¿Acaso parece que estuviera protegiendo la democracia?


Uno de los escritores que mejor comprendió la génesis de los totalitarismos, fue George Orwell. Y ese tema precisamente, es el que plantea en su obra “1984”. Allí, describe un mundo donde nada es lo que parece. Pero detrás de esas aparentes incoherencias, se esconde un objetivo muy concreto: que la clase gobernante domine material y espiritualmente a la población.

En ese universo orwelliano, el “Ministerio de la Verdad” cumple un rol fundamental. Sus funcionarios son los encargados de alterar o destruir los documentos históricos, con el fin de hacer que los testimonios, coincidan con la versión que los gobernantes quieran dar acerca de los hechos del pasado. La consigna es manipularlos, incluso, hacerlos desaparecer de ser necesario. Porque "Quien controla el presente controla el futuro. Quien controla el pasado controla el presente." Por lo tanto, el futuro les pertenecerá a aquellos que sean capaces de falsificar el pasado hasta tal punto, que quede remodelado de acuerdo a sus intereses.

Parafraseando a Pío Moa, diríamos que tanto el fascismo como el marxismo, “siempre han entendido muy bien la necesidad de interpretar el pasado para dominar el presente, y de ahí su enorme esfuerzo, apoyado con el dinero de todos, por recuperar una ‘memoria histórica’ a su medida”

Esa lamentable realidad la estamos presenciando actualmente por los más diversos lares. Por ejemplo en Uruguay. Desde que la izquierda ganó las elecciones nacionales en el 2005, con premura puso manos a la obra. Sus integrantes, entre los que se incluyen los ex guerrilleros, exhiben sin pudor su convencimiento de que el axioma orwelliano encierra una gran verdad. Por eso, le encargaron a un grupo de historiadores afines, la elaboración de un nuevo manual de “historia reciente”. En ese texto –de estudio obligatorio para alumnos de primaria y secundaria- se da una “nueva versión” de lo acontecido en las tormentosas décadas de los 60s y 70s. De acuerdo a ella, los “tupamaros” se alzaron en armas para proteger a la democracia y luchar a contra la dictadura.

Según estos “constructores de nuevas realidades”, “No se puede establecer con claridad qué fue primero, si la guerrilla o la represión”. El profesor Carlos Demasi, uno de los historiadores a los que las autoridades educativas confiaron la redacción del programa de la materia anteriormente aludida, declaró que, “la represión fue primero, la represión sobre movimientos sindicales y estudiantiles en la década de los sesenta es anterior a la emergencia de la guerrilla como fenómeno político. Si tú me pedís brevemente una prueba de esto te digo lo siguiente: (…) Esas medidas prontas de seguridad que en junio de 1968 dictó el gobierno de (Jorge) Pacheco Areco (1967-1972) son muy importantes porque después prácticamente no fueron levantadas” en todo ese período.

Tan exitosa ha sido la campaña de “blanqueo” de lo sucedido por aquellos años, que el 36% de los uruguayos cree que el movimiento tupamaro surgió para enfrentar a la dictadura militar, y el 40% que fue para derrocar a Pacheco.

No obstante, cuando Pacheco asumió en 1967, hacía rato que grupos guerrilleros realizaban “operaciones” en el país. El primer golpe de los tupamaros fue en 1963, cuando robaron armas en un Club de Tiro. Según se desprende de lo expresado por algunos de sus líderes, recurrieron a la lucha armada porque durante la década de los 60s, la fuerza electoral de la izquierda apenas rondaba el 5% de los votos.

Por fortuna, aún contamos con fuentes históricas independientes de la “versión oficial”. Indagando en ellas, nos encontramos con la descripción que de esa época hace el periodista César di Candia. Este autor expone que hacia mediados de 1970, el Uruguay vivía uno de los momentos más convulsionados de su historia. La situación social y política era sumamente tensa. La intolerancia era el lugar común. “La estrategia del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros para corroer lenta y pacientemente a las instituciones democráticas parecía estar ganando la cuereada y el destino del país se pronosticaba, en el mejor de los casos, como incierto.”

Continuamente había huelgas y manifestaciones populares. Eran habituales los asaltos a bancos, los asesinatos, las bombas colocadas en lugares estratégicos, los enfrentamientos a tiros en plena calle con muertos y heridos, los secuestros, los allanamientos. Ese ambiente de confrontación entre “bolches” y “fachos” se reproducía en los centros de estudio, de trabajo, en los sindicatos, en las fábricas.

Toda esa locura desembocó en el golpe de estado dado por una cúpula militar en junio de 1973. Y le siguieron doce años de dictadura castrense. La guerrilla fue derrotada y desarticulada. Mucha gente, principalmente de izquierda, fue perseguida debido a sus ideas.

Con el retorno de la democracia en 1985, la calma volvió al país. Y, por medio de las reglas democráticas, la izquierda logró conquistar el poder. Sin embargo, cuando los integrantes del partido oficialista, de facto, establecen un “Ministerio de la Verdad”, sobran razones para inquietarse con respecto a sus íntimas convicciones. Es decir, con respecto al futuro que le aguarda a la nación.

Según un proyecto de ley redactado por el oficialismo, se decreta que durante la presidencia de Pacheco hubo “prácticas sistemáticas de tortura, desaparición forzada o prisión política, homicidios, aniquilación de personas en su integridad psicofísica, exilio político o destierro social” por parte del Estado. Y a partir de esa definición, “se consideran víctimas del terrorismo de Estado” a todos aquellos que se hayan sentido agredidos durante ese lapso.

Que once años atrás el referente histórico del partido gobernante, Líber Seregni, haya expresado que el de Pacheco fue “un gobierno autoritario, pero que no salió en ningún momento de la Constitución ni de la ley”, no parece incomodar a estos modernos postulantes al papel de “Gran Hermano”.

A propósito, a raíz de esas declaraciones o de otras expresadas con igual independencia de criterio, Seregni fue catalogado de “traidor” por sus compañeros. Y murió como un paria. Luego de su fallecimiento, cuando ya no había peligro que hiciera más aseveraciones “incómodas” para los intereses electorales de su partido, fue “rehabilitado”.

Esta serie de acontecimientos demuestran, que la psicología totalitaria es la que prevalece entre nuestros actuales gobernantes. Lo cual, no es para nada tranquilizador.


Por Hana Fischer
Diario de América