jueves, 12 de marzo de 2009

Por el atajo de la radicalización


Chávez es el criminal político más peligroso que haya parido Venezuela. Y uno de los más siniestros de la región.

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En su impecable biografía sobre Adolfo Hitler, el historiador alemán Joachim Fest describe una de sus características más resaltantes: “Hitler tenía siempre ante sus ojos, y en todo momento, el objetivo que se proponía alcanzar: reunir en sus manos todo el poder. El Führer conocía la táctica que debía emplear: aquella práctica legalista modificada por los sentimientos de miedo e inseguridad, y que con tanto éxito había experimentado en los años anteriores”.


Los ingredientes de esta estrategia de poder - dividir, sembrar el miedo, desconcertar permanentemente y criminalizar al adversario, no detenerse ante ninguna consideración, poner en práctica la inescrupulosidad más aterradora y servirse de la inmoralidad, la corrupción y la criminalidad como fundamentos del accionar político para copar las instituciones y travestirse con un manto de legalidad - son clásicos desde entonces. Varía la circunstancia: permanecen los métodos. Han sido el abecedario de todos los déspotas latinoamericanos habidos y por haber, desde Juan Domingo Perón hasta Hugo Chávez. Basta ponerlos al trasluz de sus acciones para ver que se calcan unos a otros como modelos de un mismo sastre. En el principio fue Hitler.

Castro, el primero en América Latina en llevarlos a su máxima expresión, los estudió, los internalizó y los convirtió en modus vivendi. Mientras estudiaba en la Universidad de La Habana hizo de la lectura de Mein Kampf biblia de su accionar futuro y decidió aún adolescente copiar el modelo hasta en sus más mínimos detalles. Su impotencia ante Rómulo Betancourt, que lo midió de una pieza y a primera vista, ha ido incubando un odio delirante contra la democracia y los demócratas venezolanos. Como por cierto frente a los chilenos, como lo demostrara con su comportamiento canallesco y gangsteril frente a la ingenua Michelle Bachelet.

De ese molde es el déspota venezolano. Dejado a su suerte y entregado el país a su libre arbitrio, nos espera la misma tragedia que enlutara a la sociedad cubana durante cincuenta años. Y peor aún: pues Cuba no contó más que con la megalomanía colosal del caballo. Venezuela dispone de la principal riqueza energética de occidente y en cantidades suficientes como para abastecer a medio mundo. Y por si con el petróleo no fuera suficiente, cuenta con uranio, oro y diamantes en cantidades suficientes como para permitirle a Irán montar sus bombas nucleares para arrasar con Israel.

Es el inmenso, el gigantesco peligro que se cierne sobre Venezuela y la región. Titubear frente al tirano y minimizar su capacidad destructiva puede costarnos inmensamente caro. Diez años nos ha costado el colaboracionismo de los sectores democráticos que se niegan a reconocer su peligrosidad y han evitado hasta hoy enfrentarlo de frente. E insisten en considerarlo nada más que un bravucón incapaz de hacer un buen gobierno. Es hora de que despertemos. Chávez es el criminal político más peligroso que haya parido Venezuela. Y uno de los más siniestros de la región. Por su maldad, por su astucia y por su inescrupulosidad. Y por los medios de los que se ha apoderado. Que la oposición se niegue a reconocerlo es la clave de su éxito.

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Ni la inseguridad, ni el derroche ni la corrupción desatada que ensombrecen esta década siniestra son productos de la improvisación o del azar. Forman parte constitutiva de un estilo, de un modelo, de un proyecto estratégico. Ningún gobierno permitió la cantidad exorbitante de homicidios que el gobierno de Hugo Chávez ha tolerado. Pero aún: es el único gobierno de nuestra historia que ha incorporado el hamponato barriobajero a la política. Ni La Piedrita, ni los Tupamaros, ni Lina Ron, ni los asesinos de Puente Llaguno son accesorios. Constituyen la médula del chavismo. Como la militarización de todas las esferas de la vida pública. Y el saqueo compartido de nuestras riquezas. Salvo este último ingrediente, todos los otros están presentes en el pistolerismo castrista. De allí la prevención con que Castro le recomendaría cautela frente a la criminalidad nacional. “Cuidado” - le habría dicho en presencia de dos ex colaboradores - “no te tires contra el hampa. Podrías necesitarlos en algún momento como tus aliados”. Lo han sido.

Tampoco ha sido casual la sistemática destrucción del aparato productivo nacional. El modelo despótico que fundamenta y estructura al chavismo requiere de la miseria generalizada como del humus para su propia sobrevivencia. De allí la liquidación de la industria agroalimentaria nacional y la conversación de nuestra economía en una economía de puertos. Mientras hubo ingresos extraordinarios, el país disfrutó de una aparente bonanza. En realidad esa bonanza era ficticia. Una práctica de adormecimiento. No es por azar que se evapora la mayor riqueza monetaria jamás vista en Venezuela. Haberla invertido en generar riqueza, desarrollar infraestructura y permitir una prosperidad real hubiera terminado por voltearse en contra del proyecto totalitario que alimenta la locura febril de Hugo Chávez. A Chávez la economía le interesa un rábano. Lo suyo es el dominio político de una sociedad reducida a la menesterosidad.

De allí que la crisis económica y social que se avecina le sirvan la perfecta coartada para hundirnos aún más en la miseria, convertirnos en mendicantes y luego de aprovecharse de la riqueza privada - que expropiará sin que le tiemble un dedo si nadie se le opone - concentrar absolutamente todo el poder y toda la riqueza en el Estado y todo el Estado en sus manos.

Ese es el socialismo del siglo XXI: arruinar a una nación materialmente rica para convertirla en carne de cañón de la ambición sin límites ni medidas de un militarote delirante. Se acabaron los fastuosos ingresos petroleros, se acabaron las divisas, se estrangularon las importaciones. Más razones para reconcentrar el poco sobrante en manos del Estado todopoderoso y ofrecerle los mendrugos a la libre mendicidad de un pueblo esclavo. Es el modelo ruso. Ha sido el modelo cubano. Chávez pretende que se convierta en el modelo venezolano.

¿Lo aceptaremos?

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Se acabó la primavera del chavismo. La brutal caída de los precios del petróleo coincide con signos alarmantes de desaceleración económica, caída del PIB, inflación y sequía de reservas. Si todos esos síntomas de estanflación, como la califica José Guerra, se manifestaron en momentos de los mayores ingresos ya en el cuarto trimestre del 2008, lo que nos espera a partir de ahora, cuando se recibe parte de la venta de petróleo a un promedio de entre $25 y $30, mientras otra debe entregarse a cambio de nada, pues ya fue pagado por los chinos en adelanto y devorado por la voracidad del caudillo, es simplemente aterrador. Todos los economistas y analistas sociales coinciden en pronosticar un escenario pavoroso.

Nadie que tuviera dos dedos de frente lo ignoraba. Por supuesto que Chávez también lo sabía. Le importó un rábano. Porque desprecia al país y sólo lo aprecia como el terreno para su delirio de poder. Mientras contó con ingresos, los usó para blindar su poder y prepararse para el desierto de las vacas flacas. Ya comenzamos la travesía. Viene, por lo tanto, la fase que le corresponde: hacer tabula rasa de la economía privada, aniquilar los restos de democracia que sobreviven y echarnos al matadero del comunismo castrista: represión, miseria y racionamiento.

Que se bajen de esa nube quienes sólo apuestan a los próximos procesos electorales. No los permitirá. Y si los permite, desguasará el poco poder que se conquiste a través de ellos. Como ya lo pretende con alcaldías y gobernaciones. Como lo hace con encarnizamiento y alevosía contra Antonio Ledezma, pues lo sabe su más relevante contrafigura. Y no trepidemos en decirlo: si pudiera librarse no sólo de los cargos sino de sus detentores, no le temblaría el pulso en darle la orden a sus esbirros. Pinochet, a su lado, es un niño de pecho. La tentación de pasar a mayores y tirar la careta de caudillo democrático por los suelos, mostrando la ferocidad del genocida que anida en su pecho, le debe estar quemando los dedos.

Juega a estirar la cuerda ante la apatía, la indiferencia, el desconcierto o la comodidad de la oposición. Pero es, en el fondo, un tahúr. Si se le enfrenta, corre a postrarse ante el cardenal de turno. Es lo hora de responderle no sólo con el lenguaje que se merece, sino con acciones concretas. La primera de ellas; la unión de todos los sectores que apuestan al fin del chavismo y al restablecimiento de la democracia. Y cuando digo de todos los sectores, me refiero a todos los sectores. Sin exclusión ninguna.

Nadie debe quedar al margen de la unidad patriótica y libertaria que el momento reclama. Recordemos a la Junta Patriótica que empujó a la caída de Pérez Jiménez. Se requiere una unidad de esa naturaleza: mostrarle al país los rostros de quienes están en perfecta capacidad de gobernarlo hacia la libertad, la justicia y la prosperidad.

Llegó la hora de la verdad.


Antonio Sánchez-García
Noticiero Digital