domingo, 28 de octubre de 2007

Algunas incongruencias


Por Yoani Sanchez, desde La Habana, Cuba.

Generación Y

Al oír las palabras del canciller cubano Felipe Pérez Roque, en su respuesta al discurso de Bush, me quedé un tanto confundida. Me enteré, por él, que en nuestro país “funcionan hoy 602 Joven Club con más de 7000 computadoras que dan acceso gratuito a Internet a más de dos millones de cubanos por año”. ¡Qué tonta he sido! tanto desgastarme para publicar cada post y resulta que la red de redes era accesible y gratis en la esquina de mi casa. Sin embargo, el estupor y el entusiasmo me duraron poco. Fui a comprobar en el Joven Club más cercano (Estancia y Santa Ana, Municipio Plaza) la veracidad de las palabras del Ministro de Relaciones Exteriores y recibí la misma respuesta que ya conocía: “Aquí lo que tenemos es una intranet, nunca hemos dado servicio de Internet”.

Otro detalle que me asombró fue la negación pública de la consigna “la Universidad es para los revolucionarios”, al aseverar Pérez Roque que “nadie les niega el ingreso (refiriéndose a los hijos de los opositores), incluso, siendo gente que no comparta las ideas de la Revolución”. Los centros escolares no parecen estar enterados de esta nueva línea de tolerancia ya que al hacer la matrícula de mi hijo -en la enseñanza media- preguntaron la filiación política y la pertenencia a organizaciones de masas de sus padres. ¿Para qué necesita la dirección de un centro escolar conocer si los familiares de un niño tienen una u otra preferencia ideológica? Me parece que no es, justamente, para fomentar la pluralidad y la aceptación.

Un discurso sin sorpresas. Más de lo mismo: la perenne diferencia entre lo que dicen los políticos y la realidad.

La Habana, 27 de octubre de 2007


El tiempo no vale nada

Lo reto a usted a que encuentre en esta ciudad un reloj público que funcione, que dé la hora en punto o al menos un aproximado del tiempo real. No lo hallará. Ni siquiera en la fachada de la Terminal de Trenes, donde las inmóviles manecillas marcan siempre las cinco y veinte. No se trata de que tengamos algún tipo de aversión al mecanismo de ruedas dentadas o pantalla digital, sino que entre nosotros el tiempo no vale nada.

Podemos pasarnos una hora en una cola para pagar la electricidad o consumir media jornada en reparar un par de zapatos. Si al final del día hemos podido llevar a buen término al menos una acción, entonces hay motivo para sentirse afortunado. Organizar o tratar de hacer más eficiente nuestro tiempo sólo nos lleva al dilema de caer en la neurosis o en el masoquismo.

¡Qué aventura la de cada día! No saber a ciencia cierta cuándo podremos tomar el ómnibus, recibir un servicio o comprar un boleto. Dichosos nosotros a los que nos da igual que sean las nueve y media o las diez y cuarto. Esos fastidiosos instrumentos que intentan medir -con su tic tac- el paso de los minutos y las horas, sólo nos traen mala conciencia y no nos dejan disfrutar la plácida sensación de perder el tiempo.

La Habana, 27 de octubre de 2007


Tanta crispación no puede ser buena

Me levanto e intento organizar mi día. Como música de fondo oigo frases que hablan de “pelotones de fusilamiento” que vendrán a ajusticiarnos, de combatir en “la primera trinchera” y de luchar hasta “la última gota de sangre”. Con semejante acompañamiento sonoro está claro que la normalidad no es –precisamente- lo que marca mis acciones.

Sin embargo, a pesar de lo crispado del discurso, me disperso en cosas inmediatas como comer, transportarme y quejarme. Ninguno de estos llamados a la alerta me lleva al sobresalto, sino que me encojo de hombros y activo la sordera voluntaria. Me preocupa esta insensibilidad que noto en mí y que me protege del continuo estremecimiento. Tanta saturación de llamados a la guerra, al enfrentamiento y la batalla, ha embotado mis naturales instintos para la alarma.

Preferiría, después de tan prolongada convulsión, que la palabra de orden no fuera “coraje” sino “bienestar” o “felicidad”. Que mi familia no tuviera que probar su valor o su disposición a morir por una idea y que los gritos a la inmolación y a la resistencia, dejaran su lugar a los reales deseos de reconciliación y armonía. ¿Resulta eso tan difícil de lograr?

Comentario de Yoani Sánchez

La Habana, 27 de octubre de 2007


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