jueves, 11 de octubre de 2007

El profeta del odio




Quien a hierro mata, a hierro muere.




Cita:

"Hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario." Che Guevara.

La virtud fundamental del Che Guevara, más allá de la hojarasca consumista y mediática que abona su leyenda, debe ser el altivo y vertical apego a sus convicciones. El Che fue un hombre que vivió y murió por sus ideales, un místico, un apóstol de su verdad, un profeta enamorado de su palabra que predicaba con el seco lenguaje de su fusil una verdad sagrada.

La imagen que el fotógrafo Alberto Díaz Korda inmortalizara y convirtiera al Che en objeto de un culto fabricado por la maquinaria propagandística cubana y repotenciada por los medios occidentales y capitalistas, representa a un joven contestario, radical, desafiante, opuesto al status, una suerte de cantante de rock transfigurado en mártir que luchó contra las injusticias y por la libertad de los hombres.

Quizás si el Che no muere en Bolivia, meses antes de la llegada del año decisivo de 1968, cuando la juventud del mundo se levantó en un solo movimiento contra el "establishment", tanto en el capitalismo como en el comunismo, la leyenda no habría llegado hasta nuestros días. Cabe preguntarse entonces ¿cuál habría sido la actitud del Che frente a la invasión soviética de Checoslovaquia o ante las luchas de los obreros polacos?

Preguntas quizás ociosas porque si nos atenemos a los antecedentes del Che, a menos que se hubiera producido un giro radical en su pensamiento, seguramente no sólo habría justificado esos hechos sino que los hubiera apoyado. Una postura contradictoria con el mito que lo convirtió en el rebelde eterno, consciente de las diferencias entre las dos corrientes ideológicas predominantes, a las cuales, sin embargo, rechazaba, por razones distintas, con semejante ardor.

En realidad el Che era un comunista estalinista para quien "el camino pacífico está eliminado y la violencia es inevitable. Un revolucionario profesional convencido de que " para lograr regímenes socialistas habrán de correr ríos de sangre y debe continuarse la ruta de la liberación, aunque sea a costa de millones de víctimas atómicas".

Si hubiesen estado bien enterados de quien era el Che, los jóvenes pacifista (también había corrientes violentas) de los 60 y 70 no lo habrían convertido en icono de la contracultura y muchos habrían vomitado de la decepción al escucharle desarrollar su tesis del "odio como factor de lucha" ("un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal").

El Che creía en sus ideas y tanto que no vacilaba en realidad, como lo reconoció ante la Asamblea General de la ONU: "Hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte". Ese es el guerrillero heroico cuya muerte conmemora el Gobierno en calidad de precursor de su revolución. Un hombre de sólidas convicciones para quien el asesinato era un acto de justicia revolucionaria.

Roberto Giusti
www.eluniversal.com


http://www.filosofia.org/hem/dep/cri/ri12094.htm