miércoles, 31 de octubre de 2007

Reforma, utopía y fracaso


Una prueba de que Venezuela retrocede “a paso de perdedores” a convertirse en un país conservador y cuyo atraso político empezará a medirse en siglos, la tuvimos el fin de semana pasado cuando, mientras en Colombia y Argentina se celebraban comicios para elegir nuevas autoridades legislativas y ejecutivas, en el país fundador de la democracia sudamericana se le daban los últimos toques a una reforma constitucional que establece la presidencia de vitalicia, el fin de la propiedad privada, una economía hiperestatizada y un estado policial que hará costoso discrepar o hacerse el indiferente ante las políticas oficiales.

O sea, una vuelta al pasado, con un país en marcha acelerada a una dictadura de signo nuevo, la constitucional, que hace exactamente lo que establece el modelo viejo, pero por ley.

Así por ejemplo, ya no tendremos, o cada vez se harán más raras, fiestas democráticas como las que sucedieron el domingo en Colombia y Argentina, y en las cuales -independientemente de que los actores principales era partidos y políticos de inspiración izquierdista-, se demostró que, tanto el país de Álvaro Uribe, como el de Cristina Fernández de Kirchner, están definitivamente casados con las bondades de la democracia política y el principio de que sus derechos deben ser “progresivos” y “no recesivos”.

Con la reforma constitucional propuesta por el presidente Chávez, por el contrario, será difícil, sino imposible, que en las próximas elecciones presidenciales haya otro candidato que no sea el actual jefe de estado, ya que, con la disposición de la “reelección continua e indefinida” (Art: 232), más la que establece el estado de excepción con suspensión de garantías (Art: 337) el candidato-presidente, no solo podrá decidir cuando habrá elecciones, sino en que condiciones se harán.

Otro asunto es que con un presidencialismo que casi raya con el absolutismo monárquico y que dispone que el jefe de estado “elige” a dedo las principales autoridades del “novo orden”, y a las que no elige, podría nombrarles funcionarios para su control, entonces puede concluirse que queda una sola autoridad a elegir, el presidente de la República, pero con un patrón electoral corrupto y corruptible, un sistema de votación acusado de fraudulento y unas autoridades electorales que no tienen empacho en admitir que siguen “órdenes de arriba”.

De modo que si habría que buscarle un modelo inspirador a la reforma constitucional propuesta, no serán los de Colombia y Argentina, países en los cuales es previsible, no solo que la democracia se profundice, sino que se blinde contra caudillos que deciden “darle” todo el poder al pueblo, pero “quitándoselo”.

Y aquí es donde resulta imposible no admitir que la reforma tiene su origen en la constitución cubana, que a su vez se inspiraba en los textos constitucionales de la Rusia soviética, la China comunista y los países de Europa del Este, repúblicas que todos saben derogaron sus constituciones socialistas a finales de los 80 y comienzos de los 90 y las sustituyeron por otras de signo capitalista y democrático

Las razones para tal cambio fueron que el sistema político, social y económico adoptado, el socialista, promovió tal catástrofe histórica, natural y humanitaria, que no hubo más camino que sacudírselo como una maldición y tratar de recuperar el tiempo perdido regresando al orden que durante toda la Guerra Fría fue condenado y objeto de una cruzada de destrucción.

De modo que al optar por el modelo cubano al reformar la Carta Magna y negarse a ver y admitir que la democracia es la alternativa elegida por la mayoría de los países del continente y del mundo, Chávez está apostando al fracaso de su proyecto, a observar impotente cómo Venezuela se irá degradando y deteriorando al extremo de que desabastecimiento, carestía, racionamiento y hambrunas serán los sellos distintivos de la revolución.

La gran pregunta es: ¿Cómo un hecho histórico de data reciente, que fue presenciado, notariado y asumido por el conjunto de la sociedad, no les dice nada a los neomarxistas, es negado como si fuera un espejismo, y puesto de nuevo en movimiento cuando en realidad está muerto y, si una vez fracasó en el mundo de los vivos, lo hará ahora en el de los difuntos?

Evidentemente porque no se trata de un movimiento político racional sino religioso, de esos que piensan que la realidad no existe y puede ser sustituida por los dogmas de los filósofos utopistas y el voluntarismo de los feligreses.

O sea, por todo lo que conduce al fracaso.

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