lunes, 15 de septiembre de 2008

De Rusia, con Amor


Un error común fue creer que con la caída de la URSS, Rusia desaparecía del escenario


La nueva “política de poder” de Rusia no se basa en una ideología, el comunismo, que tanto en la teoría como en la práctica resultó ser una entelequia, quizás dispensable en el siglo XIX pero que hoy su mero recuerdo les resulta embarazoso. De regreso del desencanto, mucho más cínicamente, ahora se basa en el petróleo y el gas, el dinero que se deriva de ellos y la fuerza de las armas.


Un error común fue creer que con la caída de la URSS, Rusia desaparecía del escenario y entrábamos en un mundo unipolar, cuando en la realidad, los rusos se estaban despojando del yelmo, la coraza y un escudo anticuados que les restaba versatilidad en el combate. Libres de llevar sobre los hombros el peso de “la causa del proletariado mundial”, se sienten en mejores condiciones para cumplir el rol que creen les corresponde: impedir que el centro de las decisiones cruciales se desplace al oeste, dejándolos a la vera del camino.

Rusia ya no propone ningún sistema de organización social ni producción económica alternativo a occidente; al contrario, lo que han hecho es una suerte de saqueo de bienes públicos por grupos mafiosos. Las afinidades ideológicas han sido sustituidas por un patronato donde lo más relevante son los vínculos familiares y complicidades, transfiriendo cargos y posiciones de padres a hijos, cónyuges y testaferros. Putin ha llevado a 6.000 funcionarios del KGB a los más altos cargos de la administración federal y regional. Incluso su padre era agente del KGB.

Esto les hermana con regímenes semejantes en el resto del mundo que quizás no coincidencialmente tienen igual carácter mafioso, como el de Bashar Al Assad en Siria, en que después de 30 años de dictadura de su padre Hafez Al Assad y la extraña desaparición de su hermano primogénito, recibió el poder del Partido Único Socialista Árabe (BAAZ); el de Kim Jong Il, que lo recibió de su padre Kim Il Sun, en Corea; los hermanos Castro en Cuba, los Ortega en Nicaragua y las mafias ahora reinantes en Venezuela.

Habiendo renunciado al mito del triunfo de la revolución mundial antiimperialista lo único que les queda es echar mano del viejo nacionalismo, el patriotismo y el militarismo, los sucedáneos ideológicos rampantes en todos estos países.

5 PUNTOS. No obstante, Rusia ha tratado de definir su conducta internacional en el marco de una doctrina. Primero, el respeto a la Ley Internacional, que al parecer la entienden como “la ley del más fuerte”, como ha sido tradicional. Segundo, un mundo multipolar, luego, la unipolaridad les resulta “inaceptable”. La única traducción posible de este punto es “antiamericanismo”. Tercero, no aislamiento. Rusia no busca una nueva guerra fría; pero tampoco la teme.

Cuarto, proteger a sus ciudadanos “dondequiera que estén”, lo que merece capítulo aparte. No sólo por sus resonancias racistas y nacionalsocialista, sino porque a la luz de los sucesos de Georgia se traduce en una clara amenaza a todos sus vecinos, en particular las ex repúblicas soviéticas.
Rusia siempre ha tenido como política el reasentamiento de población en territorios colonizados en su periferia, a la vez que ha realizado deportaciones masivas de población autóctona hacia Siberia, los Urales y Asia Central.

Ellos han creado la situación de los rusos desarraigados en los países bálticos, autodenominados “aliens”, así como las poblaciones de origen ruso en Ucrania, particularmente en la región de Crimea y en todo el Cáucaso, sea Chechenia, Ingushetia, Georgia y pare de contar. Rusia se reserva el derecho a intervenir, incluso con el uso de la fuerza, si en su exclusivo criterio estos ciudadanos se ven de algún modo amenazados.

Quinto, reivindican las “esferas de influencia”. Rusia considera a sus vecinos como “regiones prioritarias”, con quien comparte fronteras, “pero no sólo éstas”. Lo que dirige la atención hacia Polonia y la Península de Crimea.

ANSCHLUSS. La Duma aprobó una moción exhortando al presidente, Dimitri Medvedev, a reconocer la independencia de las provincias de Abjasia y Osetia del Sur y lo primero que llama la atención es la unanimidad de la votación; luego, que llegaran a comparar la “agresión” de Georgia con la perpetrada por la Alemania nazi contra la Madre Rusia en la II Guerra Mundial.

Es realmente difícil, casi imposible, desenmarañar todo este pastiche mental e ideológico. Basta seguir la recomendación que hacen los gran rusos de “ver el mapa” para darse cuenta que Georgia es un país minúsculo del cáucaso y (con una lupa) que Osetia del Sur está enclavada en medio de su territorio, por lo que ¿a qué puede venir eso de la “agresión”?

Pero por lo demás, ¿cómo es que una “agresión” de Georgia contra sí misma puede justificar una invasión Rusa? Porque esa es la palabra mágica: que una vez que se define al “agresor” la respuesta estaría justificada en un derecho de legítima defensa. Pero además los rusos ocupan Abjasia, que no estaba siendo agredida, y si todo esto fuera poco, establecen puntos de control alrededor de Gori, al centro del país y en Poti, el principal puerto sobre el Mar Negro, bien lejos de aquellas dos provincias en disputa.

Es un hecho extraordinariamente irónico que Stalin y su mano derecha, Beria, fueran georgianos, uno oriundo de Gori y el otro de Abjasia, aunque no deje de causar asombro que los tanques rusos aplasten los únicos lugares del mundo que todavía siguen engalanados con estatuas del padrecito. La ironía se torna sangrienta cuando el Kremlin retoma las mismas prácticas y el lenguaje del Stalinismo para apabullar y desmembrar a su patria chica, Georgia.

Debe ser un hecho único en el mundo que la “independencia” de unas regiones sea proclamada desde la capital de la potencia ocupante, como que los gobernantes de ambas sean designados por esa misma potencia, por cierto, entre dirigentes del KOMSOMOL, la juventud comunista de la URSS.

El argumento de que estas regiones están pobladas mayoritariamente por ciudadanos rusos, hace todavía más similar la situación al caso de la anexión que hizo la Alemania nazi de la región de los Sudetes en Checoslovaquia o el Anschluss de Austria, que más que unión parece la onomatopeya de “tragar”.

La equiparación que hace Rusia entre la situación de Kosovo y la de Osetia del Sur pone de relieve que en la mentalidad soviética Slodovan Milosevic y Radovan Karasic no son genocidas, ni hubo movimientos independentistas en Yugoslavia: todo es una conspiración contra los intereses rusos en la región. Por tanto, ellos pueden hacer lo mismo: acusar a Saakasvili como agresor y genocida, armar movimientos separatistas y declarar unilateralmente la independencia no sólo de Osetia sino también de Abjasia, que no tendría nada que ver en el asunto. Es crearse una realidad propia, a la medida del poder.

¿Qué pueden esperar los ciudadanos de Osetia y Abjasia de una federación con Rusia? Lo mismo que han tenido los chechenos, ingushetios, armenios y otras minorías raciales en la Gran Federación Rusa: ser ciudadanos de tercera y ni siquiera aspirar una representación en la Duma, la misma que promovió su “independencia”. Ser otras víctimas de la pobreza y la corrupción.

BESLÁN. Es una minúscula población de Osetia del Norte que saltó a la fama por la desafortunada circunstancia de la toma de su Escuela Nº 1 por un grupo de terroristas chechenos, el 1º de septiembre de 2004, día del regreso a clases. Precisamente por ser ese día especial, además de los niños, padres y abuelos abarrotaban las instalaciones.

Las primeras informaciones oficiales dijeron que “no había mucha gente en la escuela”, apenas 354 personas. Al margen de lo espeluznante que resulta decir que tal número de personas “no es mucha gente”, los terroristas, seguramente sin querer, dieron con una clave del lenguaje oficial ruso: Si dicen que sólo hay 354 personas aquí, “será que esas son las que terminarán habiendo”.

El punto es que uno de los grandes ausentes en el drama de la Escuela Nº 1 fue el presidente de Osetia del Norte, Alexander Dzasojov, según dijo, por prohibición expresa de quien lo designó en ese cargo, Vladimir Putin.

Luego de la agonía de tres días sin negociaciones ni acuerdos, se ordenó el asalto de la Escuela, con un saldo de más de 300 muertos, la mayoría niños. Hubo 100 desaparecidos, presumiblemente por la acción de los potentes lanza llamas de las fuerzas especiales, que nunca pudieron dejar constancia de que algunos terroristas no hubieran podido escapar en medio de la conflagración.

La respuesta de Putin es que en caso de guerra hay que acentuar la jerarquía y verticalidad del mando, por lo que revocó el sistema de elección directa de gobernadores y administradores regionales, por su falta de compromiso con la administración central; omitiendo que fueron los gobernadores designados por él los que tuvieron el comportamiento más infame en este y otros casos.

El presidente de Ingushetia, república vecina de Osetia del Norte con la que se encuentra en guerra perpetua, Murat Zyazikov, es un miembro del KGB, que ganó las elecciones con el 99% de los votos y su otro record es el número de atentados a que ha sobrevivido. Hoy ocupa titulares porque el dueño de una página web, crítica de su gobierno, fue arrestado por la policía en el aeropuerto por donde regresaba del exilio y resultó muerto de un tiro en la cabeza cuando dentro de la patrulla en que era trasladado “trató de despojar a un policía de su arma de reglamento”.

Rusia se reserva el derecho de velar por la vida y dignidad de sus ciudadanos “donde quiera que estén”, salvo que sea en la misma Rusia.

ISRAEL. Las grandes potencias europeas, Francia y Gran Bretaña, deben estar revisando los documentos de sus cancillerías sobre la Guerra de Crimea, de mediados del siglo XIX. Aunque parezca poco convincente, el argumento entonces era una disputa por la Tierra Santa, por Jerusalén.

Rusia ya los revisó y revela que Israel ha adiestrado y apertrechado a las fuerzas armadas de Georgia, por lo que de algún modo tiene responsabilidad en la agresión de Georgia contra Osetia del Sur. No menos revelador es el hecho de que, quizás como parte de estos convenios, Georgia haya puesto a disposición de la Fuerza Aérea Israelí dos aeropuertos para la eventualidad de un ataque contra las instalaciones nucleares de Irán, patrocinadas y asesoradas por técnicos rusos. Entre tanto, Rusia ha tomado la iniciativa de bombardear una fábrica de aviones israelita en la periferia de Tbilisi, la capital de Georgia.

El interés de Israel en el conflicto es palmario y así lo declara: el oleoducto que va desde Bakú, en el Mar Caspio, a través de Tbilisi hasta el puerto turco de Ceyhan en el Mediterráneo, que suple cerca del 20% de sus necesidades energéticas. Parece un interés bastante legítimo; pero, ¿tanto como para ir a otra guerra? La respuesta rusa es acentuar sus vínculos con Irán y proveerle con más y más amenazante material estratégico.

Flota en el ambiente la vieja leyenda de la República Judía de Crimea, que sirvió de pretexto a Stalin para aniquilar al Comité Judío Antifascista, que tantos y tan buenos servicios le prestó en la Gran Guerra Patria.

Sebastopol es una ciudad misteriosa, signada por las más grandes catástrofes históricas, un puerto que todavía sirve de base a la flota rusa del Mar Negro. Ubicada en la península de Crimea, durante el régimen soviético era una ciudad cerrada, a la que no se permitía el acceso público. No es para nada raro que siendo parte de Ucrania esté poblada de rusos, sobre todo de marinos y soldados, que han vivido allí por generaciones.

Sebastopol perturbó los sueños de Napoleón, Hitler, Stalin, ahora, salvando las distancias, no deja dormir a Sarkozy, tiene en estado de alerta al Foreign Office y quien sabe sino se nos revele a los venezolanos en un ¡Aló, Presidente!

La experiencia enseña que cuando los países pequeños se acercan a la mesa de las grandes potencias es para ser devorados. ¿Quien sabe si el juez ruso que entregó el territorio del Esequibo a los británicos no lo hizo a cambio de concesiones en Crimea?

Por Luis Marín
Diario de América
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