viernes, 13 de febrero de 2009

La ideología del resentido






Desde que el fenómeno del chavismo invadió Venezuela, he tratado de analizar el porqué de la tan violenta y disgregante ideología social. Como estrategia central el Sr. Presidente apela al abandono del marginado, haciéndole sentir valorado y en gran medida alimentando su odio hacia los más favorecidos. Frases como "40 años de corrupción y desigualdad" signaron nuestro fin y el comienzo de una rebelión popular -jamás revolución- donde los menos privilegiados sintieron, por primera vez, que serían escuchados.

Toda una historia cautivante si estuviésemos hablando de un personaje con el nivel de conciencia espiritual como el de la Madre Teresa Calcuta, quien realmente se despojó de posesiones materiales para ofrendarlas a los pobres; sin contar las horas incansables que dedicó en su vida para atender a enfermos agonizantes, leprosos y moribundos. Es un sacrilegio, siquiera establecer comparación alguna pero se deben hacer esta clase de ejemplos abominables y extremos para separar lo que todo raciocinio conoce como "bien y mal".

La primera estocada fatal del inquilino de Miraflores, fue la de aupar el ya existente resentimiento social del venezolano común, en base a los abismales estragos de, sí, una mala administración de las riquezas pero no necesariamente producida en su totalidad por los gobernantes de turno. Fue doloroso ver como dentro de las mismas familias comenzaron discusiones políticas interminables y hasta contundentemente divisorias; dejó de existir el respeto hacia otras creencias y Venezuela se convirtió en un país intolerante y violento.

La figura más preponderante e influyente de un país, es un presidente, por tanto su proceder no sólo afecta su vida y la de sus allegados sino la una nación entera; ¿qué pasaría dentro de una familia donde la cabeza de la misma -supongamos el padre- constantemente pronuncie palabras ofensivas, maltrate a su esposa y agreda física o verbalmente a los miembros de ese hogar?, la respuesta es simple, los hijos de ese matrimonio van a entender que la violencia es una forma natural de amor y es, por ende, una condición natural entre las relaciones humanas; sin enumerar la cantidad de traumas y tristezas que han de instalarse. Estos niños crecerán en función de la ira que han implantado en sus corazones. Volviendo al tema central y habiendo establecido la semejanza, así como crecerían esos infantes, así creció otro país que desconozco y que ahora llaman "República Bolivariana de Venezuela".

Antes, cuando la palabra chavista era evocada por mis pensamientos, la primera imagen tosca y burda que venía a mi mente eran la de los mal llamados "círculos bolivarianos", individuos sin prestancia alguna, por supuesto, carentes de instrucción aparente y de aspecto amenazante y harapiento. En sus consignas, emulan improperios contra sus oponentes, defendiendo una revolución que desconocen, con el odio como bandera, la venganza como motor y como principios o valores, la divisa venezolana con la que son persuadidos. Empuñan armas de todo tipo contra cualquier marcha o convocatoria "oligarca" existente y a su paso la destrucción como estela, sin remordimiento alguno ni básicamente ninguna creencia.
Pasado el tiempo, ha bajado lo visceral de mis estereotipos y he conocido chavistas diferentes, con carreras universitarias, se podrían decir "inteligentes" pero ignorantes en el tema de "inteligencia emocional"; en su haber, diversos "conocimientos" pero ese concepto -para mí-, abarca mucho más que el cúmulo de libros que pueda comerse un ratón de biblioteca; en fin, todo es relativo y nada absoluto.

Personas inteligentes, económicamente pudientes, educadas e instruidas pueden ser chavistas, porque el chavismo no es un nivel social, ni una competencia de conocimiento, ni de elegancia, ni de perseverancia, ni muchos otros valores que han sido siempre atribuidos a los "escuálidos"; el chavismo, el chavismo de corazón, de convicción -no de conveniencia ni de bolsillo- nace de un alma sufrida, resentida de un sistema, con unos padres inexistentes, quizás, con un pasado lleno de carencias económicas, con un sentimiento de marginado muy profundamente internalizado que pide a gritos resarcirse con el mundo, cobrar las deudas, devolverle a los escasos, quitarle a los corruptos petulantes que en una ambición desmedida, acumulan riquezas, por el simple gozo de tener...

Es perfectamente comprensible que por los amplios márgenes de diferencias sociales y extremas que hay en Venezuela, se respire aire de injusticia e impotencia; es cierto, hubo corrupción desmedida, hubo tragedia, malversación, abuso de poder e indolencia en una supervivencia del más "vivo" pero no del más inteligente; sin embargo, porque nada en esta vida es absoluto, podríamos atribuir todas estas atrocidades a la política, ni tampoco pensar que en una sola persona yace la esperanza de los desfavorecidos y, mucho menos aún, cuando su lema es "patria, socialismo o muerte". ¿Es que es preferible morir antes que buscar una salida? ¿Estamos rodeados de fatalistas victimizados por condiciones previas? O es que claro, ¿ya la vida vale tan poco que es una opción viable?

He escuchado historias de chavistas que predican a su ídolo como "el protector" de los débiles y entre líneas sueltan frases propias -no adoctrinadas- de experiencias personales que no pretenden revelar, pero escapan en su dolor y, agregan "cuando yo estaba pequeño, viví situaciones muy difíciles (... )" y mi mente se aclara y veo el porque de su afán, veo sus sufrimientos reflejados en una esperanza tristemente oscura y de bandera roja, y al mismo tiempo que respeto su posición, sus vivencias, comprendo cómo los sentimientos nublan la razón y entorpecen, no sólo la lógica, sino la misma vida, la evolución espiritual de un correcta conducta, pues en el fanatismo de creer que ése es el camino correcto olvidan los dejos de violencia en los interminables discursos, el uso de los cuerpos de seguridad para amedrentar la libertad de expresión, la ilimitada impunidad reinante y la desbordante intolerancia, a su vez, generadora de dos bandos intensamente confrontados donde prolifera el rencor entre hermanos.

Durante una reciente conversación en una cena casual, surgió el tema del chavismo y los integrantes del debate coincidieron es que sus bases se arraigaron en la necesidad de muchas personas que jamás palparon los beneficios de un país petrolero (¡que ironía de país!). En esa mesa, rodaron cuentos cargados de desigualdad y miseria; uno de ellos confesó haber sido huérfano y que aun sin contar con la figura de padres, que lo ayudaran a desarrollarse, crecer, formarse o inclusive a sustentarse, el buscó la forma de apartar sus circunstancias y convertirse en el ser que hoy celebra. Agregando comento: "¿y quién no ha pasado trabajo? ¿Es que Chávez piensa que él fue el único que sufrió necesidad? Al menos él tuvo un padre que lo involucró en la milicia". Ese comentario taladró mi cerebro y lejos de sentir lástima, sentí admiración, porque es totalmente cierto, ¿quién hizo de él un mártir y entonces cuántos mártires deambulan por Venezuela?

Abundan las historias personales de venezolanos que sin tener nada, hoy han logrado salir adelante; no culparon al gobierno, ni a sus padres, ni a sus hermanos, ni al sistema, ni a los millonarios, ni nadie porque simplemente, no son acomplejados, sus fracasos y sus logros son sólo suyos y nadie los ha manipulado. En los rincones de nuestro país, pululan los pasados llenos de miseria, de soledad, de escasez, de tristeza, de traumas, de enfermedad, de hambruna, de todo lo infrahumano... pero hay dos caras en esa moneda; el que decide tomar las riendas de su vida, cambia su realidad y se supera a sí mismo, superando a su vez ese dolor que les sirvió de motivación; Y también está el que decide autocompadecerse y alimentar su corazón de odio y aunque surja -económicamente- su pobre espíritu vaga en los recuerdos de un pasado sacrificado que nunca logró olvidar, arrastrando el resentimiento a los que sí fueron beneficiados, o caminando con la convicción de poder cambiar el destino de aquellos que no se creen capaces de poder hacerlo.

Duélale a quien le duela, el chavismo es la idiosincrasia del resentido que por infortunios pasados, sintió los latigazos de una sociedad caótica que los colmó de indiferencia; pero un país próspero es formado por gente luchadora, optimista, de discurso positivo y unificador, de planes certeros y metas sociales comunes con líderes visionarios y productivos, capaces de materializar sus sueños sin culpar a nadie por sus propios desaciertos. Dejemos el pasado atrás y construyamos un presente.

¡NO ES NO!


Natacha Guerra
El Universal
http://www.eluniversal.com/2009/02/13/opi_art_la-ideologia-del-res_13A2224145.shtml